El fantasma de narciso
"Al venir al mundo, lanzaste un gran grito, sin la menor traba, pero más tarde te has visto estrangulado por toda clase de reglas, de ritos y de principios educativos. Tienes por fin la dicha de gritar libremente. Cosa curiosa, no oyes tu voz. Con los brazos abiertos, gritando, jadeando, afanándote, corres, sin percibir ningún sonido." Gao Xingjian. La montaña del almaEn la Metamorfosis de Ovidio, la versión clásica del mito, Narciso está llamado a un futuro trágico pues su belleza es tan deslumbrante que termina por ser mortífera. La perfección del recién nacido es una interrogante para sus padres. Consultan, entonces, a Tiresias, el adivino. El pronóstico es claro. La situación de Narciso es problemática. No queda más que luchar contra el destino. Puede vivir solo si ignora su hermosura. Por tanto, los padres lo alejan de los espejos y tampoco sostienen su mirada. La salvación de Narciso es no saber como es. Pero Eco, una hermosa ninfa, no sabe de esta situación y cae rendida ante el encanto de Narciso. Pero el amor de Eco se transforma en odio pues Narciso no se conmueve. En este momento la diosa Némesis hace suyo el sufrimiento de Eco. Asume su venganza, su deseo de hacer daño. Entonces, calienta el día de manera que la sed de Narciso es insoportable. Cuando va al río, en el claro del agua, Narciso queda subyugado por su imagen. Su atracción lo paraliza. Entonces muere y se transmuta en una flor.
En un inicio, Narciso no es un narcisista. No sabe que tiene todas las perfecciones que la sociedad valora en los individuos. Sus padres le ocultaron su belleza para salvarlo. Quizá, Narciso debió sentirse feo o poco atractivo. Narciso no puede ser conciente de ese capricho de la naturaleza que es su hermosura. Ignora su capacidad de seducción. Pero lo que parece ser un regalo termina siendo una maldición. Narciso está colocado en una situación extremadamente vulnerable pues su vida depende de no conocer su propia perfección. Todos tendrían que estar de acuerdo en ocultarle la admiración que despierta. Si llegara a descubrir su belleza, su vida quedaría detenida en esa auto complacencia que hace irrelevante todo lo demás. Para vivir, Narciso no puede saber cómo es. Pero, de otro lado, Narciso es tan atractivo que despierta pasiones incontrolables. Así es muy difícil que la fascinación de alguien no le advierta de su ser especial.
Lo inevitable ocurre y Narciso queda prendado de su imagen en el agua. No hay otra realidad, otro interés, que esa belleza. Entonces se deja morir. Narciso está extasiado ante su hermosura. Desde el momento en que la descubre se convierte en Narcisista. Ya no puede haber otro afán que admirarse. El goce es mortífero puesto que se convierte en una pasión excluyente. Quizá Narciso debió morir feliz, embelesado. Todos sus deseos estaban colmados pues todos ellos solo apuntaban a su propia imagen.
No tiene sentido hablar de la responsabilidad de Narciso. En realidad, nunca fue libre, jamás tomó una decisión. Su insólita hermosura lo condena, primero, a ser amado y odiado, y luego, a una pasión por sí que lo aleja de toda otra preocupación humana.
II
En la leyenda es clara la inocencia de Narciso. Pero en el uso actual del término palpita una actitud de rechazo e intolerancia. El apelativo de “narcisista” implica una condena y un llamado al cambio personal. El narcisista es imaginado como frívolo y egoísta. Alguien que desequilibra los vínculos sociales pues su desmedido aprecio de sí tendría como correlato su menosprecio por los demás. Pretende mucho pero da poco. Su impostura ofende los sentimientos morales de la gente. La sociedad no debería permitir que un narcisista sea feliz. Eso sería algo tan escandaloso como un criminal sin sanción. Es decir, una prueba viviente de la falta de justicia, de la descomposición social. En todo caso se presume que su bienestar no puede ser sólido ni duradero. Su fatuidad no predominará contra la condena del mundo. En definitiva, si no da amor, pues tampoco habrá de recibirlo.
Entre la leyenda clásica y la opinión pública contemporánea media una gran diferencia. Ahora todos, en apariencia, condenan a Narciso. Se piensa que Narciso nunca pudo ser inocente pues hoy resulta inverosímil que alguien pueda ignorar su propio encanto. Además se asume que está en las manos de uno el dejarse llevar por la tentación del orgullo y el desprecio. Desde estas sospechas el término narcisista viene a adquirir esa carga de denuncia y reconvención que hoy entraña. Es un llamado desde una perspectiva que es igualitaria, pero también, seguramente, envidiosa. La idea es que la sociedad debería ignorar las diferencias de talento y hermosura que la naturaleza se encapricha en producir. O las personas favorecidas, en todo caso, deberían resistir la tentación de sentirse por arriba pues generarían las miradas de odio, o los reclamos de justicia, de los menos afortunados. Entonces, por ejemplo, las “celebridades” son admiradas por su encanto pero, al mismo tiempo, esta admiración exige vulnerabilidad, rechaza la arrogancia. Las divas de Hollywood, por tanto, harán bien en mostrarse sencillas y humanitarias. Sólo si dan pruebas de resistir la tentación de menospreciar podrán ser plenamente admiradas. No habrá pretexto para resistirse al imperio de su seducción.
Pero el mensaje de ser humilde y evitar el narcisismo se sitúa a contrapelo de otro mensaje no menos importante: ¡desarróllate! ¡triunfa! ¡se el primero! Digamos que la ideología cristiana comunitaria de donde emana el mandato anti-narcisista de la humildad entra en conflicto con ese otro mandato al éxito y al disfrute. Estos últimos imperativos fluyen del discurso capitalista y su culto a la competencia y al consumo como fundamentos del valor de los individuos. En el mundo contemporáneo la situación es compleja y conflictiva, hasta desgarradora. No obstante, si hubiera un equilibrio entre estos mandatos, algo así como una “síntesis oficial”, esta tendría que ser: triunfar y disfrutar pero teniendo siempre presente a los demás, sin ser narcisista. Tener altas metas y ser reconocido pero evitando la petulancia.
III
De otro lado, la cruzada contra el “narcisismo” no deja de ser contradictoria con la expectativa de lograr/preservar una “sana autoestima”. El discurso de la “sana autoestima” tiene un origen muy distinto al de la humildad cristiana y al del triunfo capitalista. Este discurso es una nueva pastoral de inspiración religiosa pero de contenido básicamente laico. Lo medular es que se nos pide sentirnos únicos y valiosos pero sin caer en un orgullo desmedido.
Ahora bien, si el tema de la necesidad de la autoestima es el fondo de esta pastoral, tan importante en los últimos años, es porque se presume que carecemos de esa autoestima, y la imaginamos entonces como solución al asedio de la depresión. La enfermedad es no quererse lo suficiente. Mucha gente se siente triste y decepcionada. Entonces, se deduce, la solución es aprender a amarse. La idea es que solo si nos amamos podremos amar a los demás y ser amado por ellos. Todo empieza pues con el cultivo de un amor propio adecuado. Casi demás está decir que el mismo núcleo de ideas se repite una y otra vez en los miles de manuales de autoayuda.
¿Estaríamos ante una reivindicación del narcisismo en contra del mandato mortificante de la humildad? ¿Se podría decir que nuestra época ha liberado el amor propio de los constreñimientos ascéticos? En cierto sentido ello está ocurriendo. Pero lo sintomático es que pese a la liberación relativa, o “despenalización”, del narcisismo, y su creciente legitimidad, la gente siga sintiendo que no se ama lo suficiente. Es decir, somos invocados a amarnos pero igual sentimos que no logramos hacerlo. En este sentido los manuales no son la gran ayuda que se pretenden.
Desde la historia la situación es la siguiente. Primero tenemos la lucha tradicional contra el narcisismo. La sociedad quiere someter al individuo a ser instrumento de alguna trascendencia. Por lo general, una comunidad o causa imaginada por una pretendida autoridad que convoca al sacrificio y al autocontrol. Se plantea que el narcisismo es un camino de soledad y muerte. Segundo, mucho después, surge el discurso publicitario del capitalismo que legitima la autoindulgencia y el descontrol, el dejarse llevar por el goce, pues de lo que se trata, para que el capital pueda valorizarse, es que se pueda producir el deseo. Tercero, y finalmente, surge otro discurso que mezcla un poco ambos. La pastoral de la “sana autoestima”.
Lo que quisiera sostener en estas líneas es que la lucha contra el narcisismo se basa en la promoción del odio contra sí mismo, en el elogio del sacrificio. Además, lo que puede haber de válido en esta posición, me refiero al llamado al amor, queda mediatizado desde el momento en que esta lucha en lugar de apuntar contra la cultura lo hace contra el individuo. Todo el problema, como veremos, estriba en que aquello que amamos demasiado es una imagen social que se nos ha impuesto como si fuera nuestra realidad inmediata. Entonces es necesario redefinir la lucha contra lo que se llama narcisismo. Se trata de defender a los individuos contra esos bellos ideales que los mortifican. Para sustentar estas opiniones haré referencia a conceptos psicoanalíticos.
IV
El psicoanálisis complejiza radicalmente la comprensión del narcisismo. Para empezar se sostiene que el narcisista no está enamorado “locamente” de sí tal como efectivamente es. Está enamorado de una idealización de sí mismo. Entonces, el narcisista contrasta la seductora imagen con la que se identifica con su prosaica realidad. Y el resultado es más odio que amor. La idealización grandiosa de sí, interiorizada como lo único deseable, aplasta al supuesto narcisista. Por tanto, cuando el supuesto narcisista se mira al espejo sus sentimientos son ambiguos. De un lado, se encuentra con una promesa que lo anima; es decir, lo que acaso puede ser y quizá ya está siendo. Pero, de otro lado, también se encuentra con una imperfección intolerable, con una deprimente lejanía respecto del ideal. En todo caso si está decidido obedecer a sus mandatos no escatimará sacrificios para ser como su modelo. En realidad, sólo ama a esa visión idealizada de sí que lo agobia y disminuye. Si se empeña, heroicamente, en el sacrificio, en ser su modelo, es porque ilusiona que el mundo se rendirá a sus pies.
La sociedad, los padres y el discurso publicitario, ofrecen modelos ideales para resultar amables, para merecer ese reconocimiento que siempre se busca. Entonces, se tiene que ser nada menos que esa perfección imposible. Tener la cara más bonita, el cuerpo más atractivo, la moral más intachable, la bondad más desprendida, la inteligencia más notable, el éxito más sonoro. Mientras no sea todo eso, uno estará en el purgatorio, sufriendo. El odio contra la propia y mermada realidad será el espuelazo doloroso que acelere la persecución del ideal. En definitiva se ha puesto el amor en un ideal que enajena de la realidad.
Desde el punto de vista sociológico, los actores que alienan al sujeto en esas búsquedas martirizantes e imposibles son los padres y los medios de comunicación. Ambos transmiten los valores que dominan la cultura y la sociedad, o para hablar en términos lacaniano-marxistas, el deseo del Otro hegemónico. Ese deseo arrasa con la autoestima y lo coloca a uno en la triste condición de “reo eterno”, uno es siempre sospechoso de no hacer lo suficiente. No se cumple con los mandatos. Uno no puede amarse porque es una basura. De allí que Deleuze, en la inspiración de Nietzsche y Kafka, proclamara que hay que terminar con el enjuciamiento, con esa posición de sospechoso a la que uno es sometido por una autoridad sádica, que goza con el encogimiento de la potencia de ser.
En términos del Psicoanálisis se dice que en el desarrollo de la relación de la persona consiga misma, en el tránsito entre el autoerotismo inicial y el llamado narcisismo primario, pueden incrustarse exigencias sobredimensionadas y traumáticas. En efecto, lo distintivo de ese tránsito es el planteamiento de un modelo o exigencia que uno debe encarnar para convertirse en objeto de deseo. Si estas expectativas son desproporcionadas, entonces resultará que las probabilidades de que el niño tenga una relación armoniosa consigo mismo se verán drásticamente disminuidas. La elevación del Yo ideal es simultáneamente la denigración del Yo real. Piensa, por ejemplo, en la mistificación (patriarcal) de la feminidad. Las mujeres son bellamente retratadas como movidas por los nobles sentimientos de abnegación y entrega. En realidad, esta imagen puede ser aplastante pues nunca será suficiente la prescindencia de sí como para estar a la altura de esa imagen. El resultado será la depresión y la culpa. Y, como protesta, una amargura agresiva.
Entonces, a mayor exigencia social menor posibilidad de una relación armoniosa consigo mismo. Y más imperioso será el mandato a la sublimación, la orden de canalizar todas las energías en función de realizar esa perfección imposible.
En cambio, si las exigencias sociales son menores, la posibilidad de una relación más amable con uno mismo se incrementa. Habría una brecha menor entre el Yo ideal y el actual. Esta situación implica una menor compulsión al sacrificio y una más gozosa e inmediata relación con el cuerpo. Entonces, los padres que “dejan ser” a sus hijos, pero con afecto, los estarían encaminando más libremente. Sus dioses no serían tan severos o implacables. Sus satisfacciones podrán ser más inmediatas y corporales. Es decir, no teniendo que cruzar la brecha entre la realidad y la imagen idealizada. En general, esta socialización es más propia en los sectores populares. Entre ellos la relación con el cuerpo esté menos mentalizada. Tienen, por ejemplo, más facilidad para el baile, más libertad corporal.
Todo lo anterior se hace visible en el famoso baile del perreo. Este baile supone una una entrega al goce corporal de los sentidos. Para los sectores medios esta entrega es más difícil pues los mandatos implican que el sujeto recibirá amor siempre y cuando sea capaz de logros y auto postergaciones. Esta condicionalidad del afecto abre un espacio mental, un ámbito de reflexión, donde el sujeto evalúa qué comportamiento lo acercará a la realización del mandato internalizado, de manera de recibir el amor añorado. Su “autoestima” depende del logro de estos ideales sociales.
VI
Todas las reflexiones anteriores se orientan hacia una reforma de la subjetividad. Hacia otro tipo de educación. Para fundamentar esta posibilidad me referiré a la obra de Bersani. En efecto, a la luz de lo argumentado, la crítica de Bersani a Freud puede entenderse con una mayor claridad. Llegar entonces a la conclusión de que ambos, Bersani y Freud, tienen la razón, pero cada uno en circunstancias distintas. Bersani piensa que Freud no fue consecuente en su planteamiento de la sexualidad. En un inicio la había pensado como polimorfa, autista y sin otra meta más que la de su propia satisfacción. No obstante, después, asustado por las conclusiones que se podían derivar desde esta perspectiva, asumió que la sexualidad tiende a ser normalizada, por el complejo de fuerzas que llamo Edipo, en lo que el propio Freud llamó la “genitalidad adulta”. Configuración que implica una orientación hacia el otro, o, en todo caso, hacia uno mismo como un otro. En cambio Bersani se hace una imagen autista de la pasión erótica, que estaría básicamente orientada hacia el propio cuerpo. En el mismo sentido, Bersani piensa que la sublimación no significa la desexualización, sino que la relación con el objeto al que se deriva la pulsión supone también una satisfacción sexual.
Las ideas de Bersani parecen pertinentes para un tipo de socialización donde el peso de los ideales no llega a desvirtuar el vínculo con el cuerpo. Tal como podría ser el caso del mundo popular y también del mundo gay y transexual. La posición de Freud, en cambio, parecería más adecuada para la socialización de las clases medias donde la imagen del deber ser se introduce como una cuña entre la realidad física inmediata y el deseo. Para decirlo con Badiou la lógica del sacrificio predomina sobre la lógica del goce corporal.
Estas ideas nos ayudan a entender fantasías curiosas como las “vírgenes de cabaret” y las “perras del convento”. En los cabarets pululan jóvenes de lencería blanca que reivindican una inocencia anhelada por el medio y por ellas mismas. La “virgen de cabaret” es una figura tan ambigua como atractiva. Una mujer que nunca acaba de perder su halo de pureza virginal. De otro lado, en el mundo casi monástico, políticamente correcto, de las clases medias letradas, donde es tan fuerte la exigencia de los ideales, florece, en cambio, la fantasía de un goce libre y autoreferido. La “perra de convento”.
VII
Recelabas de ella. Pero querías hablar. Total te sentías oprimido y no tenías nada que perder. Además no habrías de decirlo todo. Y la verdad, a como andabas, compartir siquiera una parte ya era bastante. De repente te ponías mejor y entonces fuera posible confiar un poco más de manera de expresarte más libremente. Tenías ilusiones aunque débiles. Apenas se inició la conversación, sin rodeos, ella te preguntó como estabas. Tú comenzaste diciendo que te considerabas un egoísta asqueroso. El narcisismo era tu problema pues no querías a nadie y vivías, encerrado en ti mismo, dedicado solamente a engrandecerte. Pero, para terminar, dijiste que no la pasabas tan bien. Estabas mayormente triste, cuando no desesperado. No habías dicho mucho pero sí lo que sentías como principal.
Desde entonces han pasado muchos años. Tu forma de pensar ha cambiado. Si antes creías que te querías demasiado ahora te das cuenta que en realidad te odiabas. Y te odiabas porque que te sentías desesperadamente lejos de eso que querías ser. Y eso que querías ser era una suerte de sabio y mártir. Un alma bella. El primero en servir a los demás. Creías que la admiración que habrías de recibir te recompensaría del amor perdido. Cuando tu madre te dijo que ya no podías seguir siendo un bebé, su bebé. Tú pretendías que ese odio a tus limitaciones fuera un estímulo para intentar con más fuerza lograr ese ideal de perfección a que aspirabas. Era como volver a ese paraíso que imaginabas haber perdido.
Ahora ya sabes que nunca hubo paraíso. Y que, entonces, jamás hubieras podido regresar a él. Has llegado a darte cuenta que el paraíso supuestamente perdido fue una invención con la que trataste de consolar tu soledad y abandono. Estabas lleno de nostalgia de lo que nunca fue. Te impulsaba una esperanza imposible, te estabas matando. ¿Eras un narciso mártir?
Ella te dijo que no te preocuparas. En realidad, no te escuchó mucho tiempo. Pero insistió en que eso que sentías era una tontería sin fundamento. Ella había hablado con mucha gente sobre ti y todos decían que eras una persona muy decente. Ella tenía confianza en esas opiniones. Además avalaban la suya. Entonces, te invocaba a que no fueras tan tonto y que te vieras como los demás te veían. Alguien bueno, una promesa. Estabas firmemente encaminado hacia un futuro de realización personal. Pero no le podías creer. No estaba en tus manos hacerlo. Para empezar, pensabas que no te había escuchado lo suficiente. Tú desconfiabas. Ella quería salir del paso fácilmente. Hasta te daba un poco de cólera pues te sentías subestimado. Pero eran bonitas las cosas que te decía. Así que tampoco te resistías. Te gustaría haberle creído. Pero era imposible. Sufrías demasiado.
¿Un narciso mártir? ¿Puede algo así existir? Aparentemente si puesto que estabas enfrascado en tu imagen aunque no de deleitaras en ella sino que sintieras sobre todo rabia.
VIII
Nadie lograba acercarse a ti. Eras el mejor. Ellos, los que estaban atrás, te daban pena. Pero la verdad es que eran solo insectos. A veces se te ocurría que no deberías pensar así. Te decías que eras demasiado pretencioso. Pero no lo podías evitar pues sentías que la evidencia era contundente. Y disfrutabas de ello. En cualquier forma, más allá de toda duda, la mayoría de la gente era estúpida y mezquina. No te daban el sitio que merecías. Pobres imbéciles, pensabas. No se dan cuenta. Eres especial, te repetías a ti mismo. Hay un pedestal que te distingue y separa de los demás.
IX
Tú pensabas haber terminado el artículo. Pero te equivocas porque el artículo aún no ha terminado contigo. No sabes lo que has tratado de decir y te quedan pensamientos que no sabes que hacer con ellos. Nada se termina, todo se interrumpe, piensas. Ya continuaré otro día, te dices.
Ahora piensas en la posibilidad de que Narciso hubiera sido admirado por sus padres. Por tanto, conoce el imperio de su belleza. Todos están detrás de él, Narciso es muy cotizado. Entonces podría administrarse bien. Demandar de los otros mucho más que aquello que les da. La belleza lo convierte en amo. No se comparte con nadie. Pero también habría otra posibilidad. Narciso comprende que su belleza perturba. Pero no quiere hacer daño y pretende conocer el amor. Entonces oculta su belleza, se disfraza. Vive en un lugar aislado. Pero ha formado una familia. Cuando muchacho estuvo dispuesto a desfigurarse. Pero ahora goza de su imagen sin pensar que lo sea todo.
Pero en la leyenda, Narciso ignora su belleza y no está expuesto a la tentación de usarla como instrumento de dominio. Apenas la descubre queda fascinado. Ahora se basta a sí mismo. Y vive poco pues renuncia a cuidarse. “Narciso: todo es poco y tú eres infinito. Narciso, antes de que te mueras, dime ¿estás agradecido a la vida?”
Pero, por más que hagas, el fantasma de Narciso no te deja. Piensas en cómo alejarlo y se te ocurren muchas cosas para hacerle justicia. Entonces escribes, desordenadamente, bajo el encabezado
Para Narciso
Tu inocencia está maldita,
si la gente no te puede poseer
te querrá destruir.
Nadie debe saber de ti
tú mismo debes ocultarte.
Pero nunca te apagues,
sol de mi mundo,
abriguito tierno.
lagartija de siete vidas
Tranquilo, muchacho loco
tampoco te emociones tanto,
tu mamá me ha dicho que en tu familia
hay mucha epilepsia.