La mendacidad de las palabras y la urgencia de la poesía*
I
Cuando Fidel Tubino, nuestro decano, me invitó a dar la conferencia de apertura del año académico de Estudios Generales Letras me sentí muy contento, pero también, valgan verdades, un tanto asustado, pues, mal que bien, este acto está ya marcado por el aura dejada por la capacidad y la prestancia de los maestros que me han antecedido. Nada menos que el reverendo padre Gustavo Gutiérrez y el doctor Luis Jaime Cisneros. Entonces, mi aceptación fue agradecida pero cautelosa.
Surgieron en mi mente, de inmediato, dos cursos de acción. Una primera posibilidad era valerme de alguno de los numerosos artículos que tengo inéditos o en vías de perfeccionamiento. No obstante, este camino, si bien plausible y cumplidor, me pareció un tanto facilista y hasta evasivo. La segunda posibilidad era quedarme sin rumbo fijo, esperando alguna intuición que me guiara hacia algo más pertinente para la ocasión. Entonces, en medio de la espera y sin saber cómo, se me ocurrió que este discurso debería estar dirigido, fundamentalmente, a los jóvenes y, además y sobre todo, no tener un carácter pastoral. Es decir, más que aconsejar un camino o una posición, pensé que mi aporte tendría que ser confrontar a los jóvenes, y en general a quienes vivimos esta época, con los desafíos a los que tenemos que dar respuesta por el simple hecho de vivir en su seno.
Ya sabiendo lo que quería hacer, emergió la pregunta respecto a cómo hacerlo. Un antecedente muy favorable podía ser el estudio que sobre los alumnos de Estudios Generales Letras había realizado con José Luis Rosales y Tilsa Ponce durante al año 2007. En efecto, en el marco de un convenio entre el Decanato de Estudios Generales Letras y el Departamento de Ciencias Sociales, habíamos investigado la problemática de los jóvenes. Mediante encuestas, entrevistas, grupos focales y hasta etnografías nos fijamos como meta reconstruir la vida de los estudiantes: ¿de dónde vienen?, ¿a qué aspiran?, ¿qué importancia dan a sus estudios?, ¿qué factores determinan su rendimiento académico?, ¿en qué medida se identifican con la propuesta de su universidad?, ¿cómo se vinculan, o no, entre ellos mismos, y entre ellos y sus profesores?, ¿qué hacen en su tiempo libre?, ¿qué críticas y sugerencias formulan para la mejora de nuestra institución?, ¿cuán comprometidos se sienten con el Perú? Creo que logramos responder estas y otras preguntas partiendo de la información proporcionada por los propios estudiantes. Este informe fue publicado como un libro y a él se puede acudir para conocer más sobre el tema (Portocarrero et al. 2008). Pero para mí este estudio era solo un punto de partida, pues quería ir más lejos.
¿Cómo objetivar la situación de los estudiantes? ¿De qué manera reconstruir su sensibilidad y sus formas de pensar? En realidad lo que pretendía era excavar en la subjetividad de nuestros jóvenes alumnos, en la manera en que viven y responden a los desafíos de este espacio y tiempo en los cuales nos ha tocado convivir. Fue en este momento cuando vino a mi memoria la colección de volúmenes de creación literaria publicados desde 1995 por el Decanato de Estudios Generales Letras. En esos volúmenes se recoge lo mejor de la poesía y de la narrativa escritas por nuestros estudiantes. Ya tenía entonces una fuente y un camino. Me decidí a leer y analizar todos los tomos publicados. No obstante, poco a poco opté por concentrarme en la poesía.
Varios factores influyeron para que me enfocara en la lírica. En un inicio, uno de ellos fue considerar que la poesía es la forma de creatividad más abierta a los jóvenes. Pero el factor más determinante fue el cerciorarme de que la poesía es, como dice Heidegger, el modelo de cualquier acto creativo, pues, es gracias a esa articulación insólita entre sonido, imagen y sentido que el mundo se redescubre y se recrea. Heidegger sitúa la creación poética entre lo que él llama los “signos de los tiempos” y la “voz del pueblo” (Heidegger 2000). También podríamos decir, interpretando esta afirmación, entre lo que no sabemos pero ya presentimos y nuestros actuales conocimientos. Al poeta le cabe pues la función del oráculo: hacernos conscientes de aquello que oscuramente intuimos y que, sin percatarnos por entero, ya está presente en nuestras formas de sentir, pensar y actuar.
Entonces mi apuesta fue revisar una y otra vez todos los volúmenes de la colección mencionada. Obviamente, mi lectura, no ha sido la del crítico especializado. En los poemas, más que la belleza de las imágenes, me ha interesado su capacidad para documentar las subjetividades colectivas, su vigor para expresar la sensibilidad de los jóvenes. En todo caso, así, con tan pocas direcciones, empezó mi exploración. Pronto se me hizo evidente la necesidad de hacer una cartografía de los temas recurrentes en la creación poética de estos últimos años. Y también, desde luego, identificar los temas que no aparecen, al menos explícitamente. Si mi propósito era hablar de la poesía como espacio de revelación de una época tenía que tener claro el juego de rupturas y continuidades que la define en relación con la época precedente.
En este punto contaba, nuevamente, con un antecedente muy valioso. Hace dos años dicté, en la especialidad de Sociología, un curso sobre la generación de poetas que se reveló en los años 60. Me concentré en cuatro figuras capitales: Javier Heraud, Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros y Luis Hernández . En los años 60 el mundo estaba sacudido por una inminencia mesiánica. El triunfo definitivo del bien, de la felicidad para todos, parecía no solo posible sino inmediato. En contraste, el presente se sentía como intolerable y asqueroso, repugnante por lo injusto, por lo feo, por lo innecesario, por ser la realidad donde medraban los poderosos. Entonces los ideales de la vida no podían ser otros que la militancia por el cambio social y el amor romántico. El ideal del cambio era más poderoso aunque el amor romántico fuera especialmente seductor. Se creía en la posibilidad de un vínculo categórico que, naciendo de un deslumbre inicial, no era sino la intuición profunda de una afinidad que se prolongaría hasta la muerte. Pero si la militancia en pareja no era posible, entonces lo que correspondía era el sacrificio del vínculo amoroso. Era una época exaltada, proyectada hacia el futuro, conducida, como dice Alan Badiou, por la “pasión por lo real” (Badiou 2005). Ya se había soñado demasiado y las cosas eran muy claras, de manera que el deber era la acción. El discurso político resonaba con intensidad en las sensibilidades más abiertas a los mandatos de la época. No, no se podía ser egoísta, había que responder al llamado de los ideales o condenarse a la culpa y la vergüenza. De los poetas mencionados fue Heraud quien se protegió menos de la letalidad que estos ideales encerraban. Vivió las injusticias de la sociedad peruana como un escándalo insoportable. Entonces, la apuesta por el cambio tenía que ser total. Ni siquiera la muerte tendría por qué despertar miedo, pues estaba garantizada la fecundidad del sacrificio. Por un combatiente que caía, otros muchos se levantarían. Son indiscutibles la hermosura y la capacidad de perturbarnos de la poesía de Heraud, muerto a los 23 años en el absurdo intento de crear un foco guerrillero en Madre de Dios. Pero tampoco se puede dudar de lo poco realista de su gesto, de su dificultad para resistir la belleza de los ideales que a tantos sedujeron y atormentaron.
La situación es distinta en la poesía de Hinostroza aunque estén presentes las mismas exigencias. Pero, a diferencia de Heraud, Hinostroza resiste la demanda inmolatoria de una entrega total. Descubre, muy tempranamente, el telos totalitario del proyecto revolucionario. Eso de que todos tuviéramos que ser iguales; todos, además, conducidos por algunos jefes autoelegidos como representantes de una supuesta necesidad histórica, no convencía a Hinostroza. No quería inmolarse, ni sacrificar su libertad. Tampoco lo termina de seducir la idea del amor romántico. No es que acepte la miseria del mundo, no es, tampoco, que no esté tentado por la expectativa de una fusión total con la amada. Pero, en medio de todo, tiene la clara intuición de que una cosa es lo ideal y otra muy distinta lo posible.
La posición de Antonio Cisneros, alumno de la PUCP como Heraud, es muy distinta. Al igual que Heraud la realidad del país le parece un espectáculo horrible, una farsa de sangre y de miseria puesta en escena para provecho de unos pocos. Pero Cisneros -como Hinostroza- resiste la presión a inmolarse. Lo distancia del llamado del sacrificio el gusto por el humor, el apego a la vida, el culto del placer. Finalmente Luis Hernández, frente a la presión de los mismos ideales, opta por una salida más personal, donde la ironía, la ternura y la autodestrucción se articulan en un talante a la vez trágico y romántico.
II
Desde luego que mucho tiempo ha pasado desde los años 60 y sus ideales, tan seductores como aplastantes. Creo que la época que ahora vivimos, con sus nuevas exigencias, empieza sobre todo a fines de los años 80, con la caída del muro de Berlín y el desvanecimiento de la ilusión en torno al socialismo y al hombre nuevo. Triunfa entonces el neoliberalismo como concepción del mundo y de la vida. Y los ideales que ahora dominan son el éxito profesional y económico y, de otro lado, el confort y el consumo.
Pero para el análisis de la época en que vivimos quería partir de las creaciones de nuestros jóvenes poetas. Entonces leí y volví a leer los poemas de la serie Creación literaria. Teniendo como referente a la generación de los 60 no me fue difícil ubicar los temas que han ido desapareciendo y las urgencias nuevas que los reemplazan. Para decirlo de una vez, los ensayos por representar al país, los ideales de compromiso, las referencias a Dios y la religión, la vivencia del amor romántico, todos estos temas ya no están presentes en el horizonte de inquietudes de los jóvenes poetas actuales. Y lo que ahora está en el primer plano es, sobre todo, el mundo interior con las esperanzas y temores que lo sacuden. A partir de esta primera constatación me dediqué a cartografiar la subjetividad de los jóvenes. Se trataba de definir cómo es que en la poesía se registran las exigencias de la época y cómo es que también en ella se esbozan las respuestas mediante las cuales los jóvenes tratan de situarse en este mundo. Comencé entonces a hacer constataciones importantes. La poesía es ahora, también, y cada vez más, un ejercicio femenino. Las jóvenes se hacen escuchar y su presencia problematiza el gran tema del amor antes librado a la vehemencia romántica de la búsqueda de la joven ideal, esa que sería el complemento perfecto a las necesidades masculinas. No, ahora el amor romántico es un anhelo que se sabe imposible pero al cual tampoco se puede renunciar. Fui, pues, identificando los temas de esta época.
No obstante, pese a haber leído una y otra vez los volúmenes de poesía, no emergía una clave o un hilo conductor que me sensibilizara a lo distintivamente nuevo de nuestra contemporaneidad. Fue en ese momento, cuando había avanzado en mi examen sin sentirme satisfecho, que me topé con el siguiente poema de Ana Sofía Terukina:
"Dije lloro pero mis mejillas secas me contradijeron
Dije lloro pero mis mejillas secas me contradijeron.
Dije dos pero me encuentro sola, nadie a mi alrededor.
Querer no es poder
Hay una imperfección en el lenguaje
Que los alfabetos no pueden cubrir" (PUCP 1999:23).
Lo que me impresionó en esta composición es justamente la idea de que “hay una imperfección en el lenguaje”. Es decir, lo que después de mucha reflexión he llegado a nombrar como la “mendacidad de las palabras”, una experiencia especialmente cercana para el caso de quienes vivimos sobre todo en el lenguaje, hablando, oyendo, escribiendo. Pero fue un segundo poema de esta misma autora el que me llevó más lejos. Me refiero a Las casas se oscurecen.
"Las casas se oscurecen
Con la luz de las palabras.
Enciendo el silencio
Como una lámpara
Y la habitación se embriaga de claridad" (PUCP 1999:29).
En los dos poemas referidos se vislumbra una desconfianza hacia el lenguaje. Resulta que uno dice una cosa pero sucede otra. Los discursos se vinculan más a los deseos que a las realidades efectivas. Aunque uno diga que está llorando, la verdad es que tiene los ojos secos. De la misma manera, el decirse acompañado no quita que uno esté solo. En el segundo poema esas asociaciones son aún más claras. La supuesta luz de las palabras no hace más que oscurecer las casas. En cambio, el silencio aparece como una lámpara que ilumina con efectividad. Este es un cambio drástico que marca una ruptura profunda con la imagen fundante de la ilustración, del proyecto moderno, que es precisamente el vínculo metafórico que hace equivalentes a la razón, la luz y el lenguaje, de manera que gracias a la enunciación científica las tinieblas retroceden y se abre paso el poder creador del hombre, versión disminuida pero efectiva de ese Dios verbo, que según el Evangelio de San Juan fue el principio de todo.
Pero ahora estamos ante una devaluación de lo racional y lo discursivo, ante la sospecha de que el lenguaje nos hace mentir, que no nos hace ser conscientes de ese real verdadero que está más allá del texto. Entonces, entre el ser y el decir se abre una brecha, una incertidumbre. Resulta que las palabras no capturan la realidad sino que tienden a esconderla. En cambio, el cuerpo no miente. En el poema esas mejillas secas niegan la expectativa de un dolor que arrebata. De la misma manera, estar solo resulta un descubrimiento que se hace en contra del lenguaje que nos impulsa a creernos acompañados.
Desde luego que la realidad de estar solo, o sola, no cancela el deseo de estar acompañado. Pero el hecho es que no nos dejamos llevar por el arrebato del lenguaje, tal como ocurre en la frase que da nombre a la célebre obra teatral No seré feliz pero tengo marido. Es como si durante mucho tiempo el lenguaje se hubiera disparado locamente en la persecución de un deseo o una ilusión, y la realidad, finalmente, no hubiera respondido. De esta manera se abre la brecha entre el cuerpo que no miente y el discurso que solo es esperanza. Creo que estos dos poemas ponen en evidencia el desprestigio de lo discursivo entre la juventud de hoy. No en vano encontramos hoy un culto al cuerpo. El cuerpo aparece como algo más real y tangible, menos manipulable.
¿Cuáles son las razones de esta devaluación del discurso? ¿Hasta qué punto este desprestigio no expresa un ánimo nihilista, radicalmente desencantado de cualquier esfuerzo de simbolización y, por ende, de cualquier esfuerzo de dirección del mundo interior?
A riesgo de adelantar demasiado mi argumento, me parece que la desilusión respecto de lo discursivo nos habla de un desgaste del lenguaje ordinario, de una incapacidad para expresar la vida, y por tanto, de la necesidad perentoria de una renovación. Renovación que tiene que pasar, primero, por el silencio y, luego, por el habla poética, que es la única capaz de restaurar el poder del lenguaje para nombrar lo real inefable. De allí, pues, que el título de mi intervención sea precisamente La mendacidad de las palabras y la urgencia de la poesía.
La devaluación de los discursos tiene que ver con el hecho de que no está garantizado que esas verbalizaciones sean realmente la expresión de mi mundo. Un mundo que, en esta nueva época, es cada vez más particular, complejo y absorbente. Digamos que el desarrollo de la individuación resta credibilidad a esas verdades que son válidas, supuestamente, para todos. En todo caso, la pretensión de verdad del discurso se agrieta y en las hendiduras que se abren podemos vislumbrar una realidad diferente, que no se deja decir con facilidad, algo singular que requiere de una renovación del lenguaje para ser expresado. De otra manera, si predominan los estereotipos desgastados, la incertidumbre y la desconfianza se imponen. Creo que nunca como hoy han sonado tan vacíos e insinceros los lugares comunes. Incluso el vínculo intrasubjetivo queda comprometido pues resulta difícil discernir si aquello que pensamos sobre nosotros mismos es realmente cierto.
Esta desconfianza en el lenguaje es la razón que está detrás de muchos de los comportamientos de la juventud de hoy. Para empezar, la creciente centralidad del cuerpo y de la sensualidad, de la música, la danza y las llamadas artes performativas, y también de los deportes y la gastronomía. Todas estas actividades han adquirido la centralidad que antes ocupaba el teatro, la novela, el cine y –aún- la conversación.
En el campo del teatro, Gustavo López registra una creciente incapacidad del discurso verbal para dar cuenta de experiencias fragmentadas y multiformes, fuertemente personales, que no se dejan capturar fácilmente por fórmulas verbales (López s/f). Entonces, en esta coyuntura, surge la performance como un hablar directo del cuerpo. Una poética corporal que se contrasta con las pretensiones de precisión y univocidad del discurso verbal. Otra vez, si la experiencia del sujeto contemporáneo es particular e inestable, resulta entonces muy problemático que pueda ser registrada por verbalizaciones discursivas estandarizadas.
Entonces, frente a esa situación, las artes performativas han recuperado el ideal de un despliegue del cuerpo que no está mediatizado por verbalizaciones reflexivas que terminarían secuestrando o traicionando la experiencia en lo que tiene de vivencia profunda, de extrañeza radical.
Dada esta situación, ¿cómo puede reformarse el lenguaje para ser más veraz? ¿Se puede expresar de una manera lógico-coherente un mundo real que es fragmentario y volátil? ¿No está destinada la simbolización al fracaso? Para intentar responder estas preguntas recurrimos a la ayuda de otro poema. Un texto de Omar García Serra publicado en la colección de 1998, que no por azar se llama precisamente Alguna prosa circunstancial.
«Una vez más; no puedo expresar lo inexpresable, no puedo razonar los sentimientos…
Las palabras son tan cortas, tan pequeñas, tan necias, que no hay forma de plantearles una alternativa. Y me atacan si se dirigen hacia mí, o me tocan, y me traicionan si me aferro a su corporeidad usándola como uniforme, y me retornan como vengativas. Como si reclamaran a mi intimidad por haberles arrebatado una personalidad.
Es imposible expresar sentires y más aún esbozar una explicación. Sin embargo, no deseo emprender la sencilla marcha retrospectiva porque lo posible carece de misterio, porque lo posible es esclavitud ante los consensos y sometimiento frente a las adecuadas relaciones…
Hemos construido un mundo exterior y superfluo donde la locura subjetiva solo puede comunicarse bajo denuncia, entre pares, y solo pueden compartirse mediante el arte; donde cada uno íntimamente debe ser “uno” socialmente para existir con alguna forma.
Algo parece amenazarnos: la creación íntima, nombrada o no como arte nos llama a vivir para adentro a costa de ensimismar las individualidades y despertar nuestra mayor fuerza autodestructiva.
… Hay una “herida metafísica”, una herida continua e inaprensible. Para dejarla debería aprender a deshacerme del alma y tendría que emprender el onírico camino de la belleza hasta lograr tocarla y trocarla por mi carne, como en aquel juego donde es necesario apostar la temeraria vida, sin temor a nunca volver a recuperar el valor para extasiarse» (PUCP 1999:81).
El yo poético problematiza su relación con el lenguaje. “No puedo expresar lo inexpresable”, “no puedo razonar los sentimientos”. Resulta que los sentimientos son lo inexpresable en tanto el lenguaje no logra dar cuenta de su intransferible especificidad individual. Y esta incapacidad del lenguaje está dada porque las palabras, antes que anclarse en las vivencias de un individuo, remiten a consensos y definiciones sociales que precisamente diluyen la particularidad que se queda inexpresada en lo que no es asimilable a lo social y lo común. Entonces, por detrás de ese mundo “exterior y superfluo”, construido por esas palabras por todos compartidas, existe el mundo interior, urgente y necesario, donde predomina la “locura subjetiva”, esa singularidad inexpresada. La tarea del arte sería hacer posible que se comparta esa locura. Esa locura que el lenguaje ordinario y sus palabras ignoran y pretenden hacer olvidar. El uso convencional de las palabras fundamenta un mundo posible que es esclavo de los consensos, que reduce al silencio la locura, que aprisiona y normaliza.
No obstante, la creación, la habilitación de una voz y un camino para lo inexpresado, para aquello que socialmente no tendría por qué existir, es una labor riesgosa, pues implica una invitación al ensimismamiento y a la autodestrucción en cuanto que la búsqueda de la expresión exacta solo puede lograrse a través de una lucha mortificante. Entonces, a la expresión estereotipada, despersonalizada, que nos desvincula de nuestros sentimientos, se opone otra posibilidad de expresión que tiene su inicio en el ensimismamiento, en la apuesta por expresar esa “herida metafísica”, esa singularidad que nos hace irreductibles a los otros. El poema nos plantea, entonces, un dilema. Si nos dejamos llevar por el lenguaje y sus expresiones trilladas perdemos la posibilidad de una conexión más íntima con nosotros mismos. Nos volvemos robots-bomba, es decir, seres aparentemente ajustados y normales pero que guardan dentro de sí algo inexpresado, traicionado, potencialmente explosivo. Pero, de otro lado, si decidimos adentrarnos en nuestra particularidad corremos el riesgo de un aislamiento mortificado, de una dilatación de nuestro mundo interior que nos separa de los otros, que nos incomunica. Si queremos salir del dilema, ese ensimismamiento mortificado tiene que producir una renovación del lenguaje que haga posible que esa “herida metafísica” pueda ser expresada. Se trataría de una personalización del lenguaje, de la creación de un mundo simbólico que me revele y que no me estereotipe y secuestre mi singularidad.
III
¿Por qué el “lenguaje común” se ha vuelto menos veraz? ¿Por qué no traduce las vivencias de los hombres y mujeres contemporáneos? ¿Por qué la hipertrofia de la singularidad?
En la época de vigencia de la promesa del hombre nuevo, cuando se pensaba en un mismo futuro para todos, la gente estaba más dispuesta a reconocer su singularidad en las expresiones sociales, intersubjetivas, del lenguaje. Las palabras parecían hablar de todos y de cada uno. No obstante, desde que la promesa del hombre nuevo se desvaneciera, la posibilidad de un camino único, de una salvación que sea la misma para todos, despierta cada vez más incredulidad. La gente ya no quiere definirse por lo común que pueda tener con los otros, sino por lo específico de sus anhelos. Así como en el campo de la política hay una rebelión de los representados contra los representantes, a los que se acusa de no ser fieles y de traicionar las expectativas de quienes los eligen (por corruptos, otorongos, convenidos), de la misma manera se acusa a los significantes, a las palabras, por no representar las vivencias de la gente. Es todo el plano de la representación lo que está en crisis. Y en medio de esta crisis la salida no se encuentra en una vuelta inmediata a las ideologías, o a los representantes generales, sino en la elaboración o construcción de representaciones singulares, veraces, hechas a la medida de una experiencia del mundo. Entonces, la crisis de lo discursivo tiene que ver con una redefinición de la idea del desarrollo humano, que ya no puede entenderse más como un mismo camino, como un modelo indiferente a las singularidades individuales. Lo que estaría entonces en gestación es otra idea de desarrollo humano vinculada más a la particularidad y la diferencia. Una realización más plena de nuestras posibilidades no tendría por qué hacernos necesariamente más similares, tal como se pensó en las utopías que ahora sabemos que son totalitarias, con sus figuras emblemáticas del trabajador feliz y solidario en el comunismo o del ario bello y superior en el nacional socialismo. Se concluye, entonces, que la crisis de lo discursivo es la otra cara de la reafirmación reprimida de la individualidad. Y esta individualidad negada requiere de la creatividad para liberarse. He aquí la función central de la poesía.
En síntesis, el desprestigio del lenguaje y el discurso es una de las marcas de esta época. Se duda de la veracidad de la comunicación. Todo es floro y engaño, solo una retórica vacía. Más digno es el silencio. O, en todo caso, el cuerpo es más veraz, pues, como bien dice la canción de Shakira, “las caderas no mienten”.
Ahora bien, para no dejarnos llevar por las certidumbres de la época tendríamos que tomar distancia y preguntarnos: ¿es acaso tan cierto que el cuerpo siempre dice la verdad y que las palabras mienten? ¿Podría haber un vínculo social que no esté entretejido por las palabras? ¿Se puede prescindir realmente de las palabras?
Examinemos cuál es el mundo que se pone en evidencia una vez que el discurso ha retrocedido. Para responder a esta pregunta recurrimos a Comarca baldía, un poema de Rebeca Urbina del volumen correspondiente al año 2003.
"Los ruidos del bosque me atemorizan. Intentando escapar caigo en las aguas pantanosas. Una risa sarcástica me atormenta. Me arrastro humillada entre las hojas secas. El lodo endurecido está adherido a mi piel. Entorpece a mis movimientos. Mis lágrimas se deslizan refrescando mis poros. Las fieras me confunden con los arbustos descoloridos. Soy uno de ellos, enlodados, vulnerables, carcomidos. Ni yo misma me distingo entre tantas hierbas muertas. Tierra estéril y carne infértil se hacen uno. Un compuesto yermo, inútil, inservible. Un terreno ocre que no vale la pena explorar" (PUCP 2003:51).
En este poema se expresa y poetiza el miedo a lo innombrado, a ese mundo sin palabras, compuesto solo de sensaciones. En el nacimiento del temor están los ruidos del bosque, lo oscuro que no puede ser entendido. Se trata de algo presente pero invisible, una amenaza que no deja opción más que a una fuga que termina en pánico e informidad. Y para colmo resulta que este desvanecimiento del yo poético se ve acompañado por una “risa sarcástica”, un ruido que proviene del interior y que desestima cualquier acción afirmativa. Entonces ese yo poético se va disolviendo para convertirse en una cosa y la otra, para devenir, finalmente, “un terreno ocre que no vale la pena explorar”. Lo que se narra es pues un sentimiento de colapso. Una desaparición radical de la agencia humana ante el miedo que despierta un mundo cruel e incomprensible al que se suma una voz interior que no tiene piedad. El mundo y el yo resultan ser esa comarca baldía de la que habla el poema.
IV
En este momento quisiera tratar de redondear y profundizar la idea que esta intervención trata de aportar. Se trata de la creciente incredulidad de la gente, especialmente los jóvenes, frente al lenguaje y el discurso. La desconfianza en torno a la veracidad de cualquier enunciado. Resulta que se generaliza la sospecha de que las palabras ocultan más de lo que realmente expresan. O mejor, ellas están destinadas a seducir pero esta intención se esconde tras un semblante o máscara donde se pinta una ilusión con la que se pretende engañarnos. Sea como fuere, el hecho es que el lenguaje se nos aparece como cargado de mendacidad. Marcado por ese tipo de enunciación que podemos llamar cínico, aquel donde el sujeto no se compromete con su enunciado porque realmente no cree en lo que dice. Es una forma de expresarse que se extiende cada vez más. Escuchando esos enunciados podemos sentir, tras el desfase entre lo que se calla y lo que se expresa, la voluntad de poder, la manipulación y el deseo de ventaja de quien habla. Demás está decir que, en consecuencia, se impone la precaución y la desconfianza. Finalmente, el debilitamiento de los vínculos sociales.
La mendacidad del discurso resulta particularmente evidente en la forma como se propagan los ideales que dominan la época. Y estos ideales son el consumo y el confort, y, de otro lado, el éxito y el triunfo en la competencia. Tomemos el caso de la publicidad. Toda la información que las imágenes publicitarias transmiten está coloreada por una voluntad de seducción. Así, se promete que a la compra de una mercancía le seguirá un supremo bienestar. A todo hombre le gustaría que las mujeres se le insinuaran. Y ello fuera posible con el uso del desodorante X. Y a toda mujer le encantaría ser admirada y nada más fácil si se usa el shampoo Y. Entonces las fantasías y anhelos serán realidad mediante la compra de tal o cual producto. Algunos morderán el anzuelo una y otra vez, el consumismo los ayudará a llenar el vacío de la existencia. Otros, los menos, rechazarán la promesa y sus búsquedas se desplazarán por otros rumbos. Y quizá la mayoría no es que crea pero tampoco que se niegue totalmente al engaño. Pero intuyo que el más entusiasta de los consumistas, el que está dispuesto a colaborar con los agentes publicitarios, sabe, en el fondo, que ese discurso ofrece un bienestar que no dura. Que, en el mejor de los casos, es solo un engaño bonito, un entretenimiento.
El discurso sobre el éxito está igualmente cargado de mentira por la sencilla razón de que se nos dice y repite que todos podemos triunfar, que todos, si realmente lo quisiéramos, podríamos ser los primeros. Entonces, si lo fuéramos, seríamos reconocidos y amados. La vida nos sonreiría. Todo está al alcance de nuestro deseo si desplegamos la voluntad y energía necesarias. La consecuencia oculta del triunfo de este discurso es la proliferación de otro tipo de discursos. Me refiero a los de autoayuda, a toda esa palabrería que nos convoca a querernos y apreciarnos; finalmente a tratar de curarnos por nuestros propios medios de las heridas narcisistas que el discurso del éxito nos ha infligido. En efecto, el discurso del éxito nos llama a un esfuerzo titánico con la promesa de una felicidad cierta. Tendremos admiración y amor, lujo y confort. Pero esta promesa de éxito se concreta en una minoría de casos. Para los demás queda la culpa, el sentimiento de valer demasiado poco, de no haber hecho el esfuerzo suficiente. En definitiva, el discurso del éxito corroe o destruye la autoestima de la mayoría.
Además, ¿es el éxito tan dulce como se pinta? y ¿cómo resistir la seducción de este discurso? La poesía es una de las maneras como podemos defendernos de la asechanza enajenante de este discurso que habla tanto a nuestro miedo a la pobreza como a la ilusión de ver colmados nuestros deseos. En el poema Loa, Rebeca Urbina ensaya una toma de distancia irónica respecto al mito del éxito:
"Hombre eres virtuoso y grande, loable amo, dueño de lo que pretendas, de esos honorables trofeos, de esos títulos encuadrados, de esas exquisitas corbatas. Pero especialmente eres dueño de ese andador, de esa bolsa de pañales para adultos, de esa vergüenza, de esa dieta cardiovascular y de esa impotencia" (PUCP 2003:51).
La desmistificación del éxito opera a través de la identificación de sus supuestos escondidos. No es solo que la obsesión por el éxito implique dar esos codazos que más tarde se recuerdan con vergüenza, es también que, si llega en la forma contundente en que se promete, ese éxito ya no podremos gozarlo porque la vida se nos escapó persiguiéndolo, y ahora solo queda el andador, los pañales, la dieta y la impotencia.
La política es otro de los discursos donde prima la falsedad. Y lo hace a tal extremo que la mayoría de la gente no concede a los políticos, por lo menos a los peruanos, un átomo de credibilidad. Así como se piensa que a las empresas solo les interesan sus ganancias, de la misma manera se cree que a los políticos solo les importan los índices de popularidad, en tanto anuncios favorables de su perpetuación en el poder. Los políticos son representados como la quintaesencia del cinismo. Se dice que cambian de discurso según su conveniencia. Y que solo se preocupan por sus propios intereses: la exhibición narcisista y las ventajas económicas.
V
En esta época la poesía es más que nunca necesaria. Y creo que ello resulta claro de la lectura de las colecciones a las que me estoy refiriendo. Los ideales de la época son, a su manera, aplastantes pues producen malestar, fragilizan los vínculos sociales y, por encima de todo, desprestigian cualquier intento de expresión como algo anormal e inútil. Hasta la propia enunciación poética queda arrinconada por la supuesta insignificancia de los discursos. Recordemos que esta es la época en la que todos tendríamos que estar contentos y si no lo estamos es porque somos unos fracasados que deberíamos quedarnos callados sin fastidiar a nadie, aunque tampoco haya alguien dispuesto a escucharnos.
Entonces la lucha por el decir poético adquiere un carácter desafiante y violento, pero inconcluso, tal como queda registrado en el siguiente poema de Analía Huayanca.
"Eternamente en mi boca un canto
Se abre a patadas
Y se cierra con un beso.
Es el amor bajo la piel y la coraza.
Los mejores versos
los respiro a diario
me llenan los ojos cerrados
y no los digo" (PUCP 2000b:55).
En el poema, el canto y el aliento son como los respiraderos de la vida. Entonces, en principio, podría esperarse una expresión libre y fluida, ese dejarse ser que es un contento. Pero esto no ocurre. La expresividad es sofocada, el verso no se llega a decir. Permanece como una exhalación no significante que sin embargo llena los ojos cerrados. Y lo que cierra la boca, lo que impide la posibilidad expresiva es “un beso”, que es “el amor bajo la piel y la coraza”. Debemos entonces preguntarnos: ¿qué clase de amor es aquel que, “bajo la piel y la coraza”, “cierra con un beso” la posibilidad del canto?
Me arriesgaría a decir que es el amor retraído e incompleto, aquel que no puede fluir por temor a no ser correspondido. Pero ese afecto no compartido parece ser lo único que tenemos de seguro. Y mantener esa seguridad significa no arriesgarse y permanecer en el silencio.
Queda establecida una lucha entre la necesidad vital de expresarse y el temor a la desaprobación, ya que, otra vez, quejarse es confesarse un perdedor sin atractivo ni valor. Expresar mi verdad implica por tanto luchar contra el temor al ridículo, contra la represión interiorizada. Por el contrario, conceder al silencio, acallarse, no es otra cosa que ocultarse bajo una coraza. Entonces, entre la vida que reclama el canto y el miedo que impone la mudez, la transacción a la que el poema llega es una expresión limitada que no llega a exteriorizarse ni se convierte en palabras, es solo aliento que llena los ojos cerrados a la manera de imágenes consoladoras.
La creación poética implicaría la posibilidad de una expresión liberadora, pero esto no ocurre. Los mejores versos permanecen como no dichos. Pero, ¿qué impide la expresión libre? Para responder a esta pregunta podemos leer, de la misma autora, el poema Moléculas y cuerpo celeste.
"Las lágrimas
y la luna
están hechas
de la misma materia incandescente e iluminada
de quimeras rotas
destrozadas" (PUCP 2000b:57).
En este poema se plantea que la ilusión, simbolizada por la luna, y el dolor, simbolizado por las lágrimas, son como la cara y el sello de la misma moneda. Es como si la condición humana apuntara hacia algo absoluto que nunca podrá ser logrado pero tampoco nunca se dejará de intentar. La toma de conciencia de esta disposición trágica nos ensimisma en mundo plagado de “quimeras rotas destrozadas”. Entonces esta situación nos coloca en un impasse: las ilusiones duelen, pero vivir sin ellas es morir.
Los contornos de la subjetividad juvenil contemporánea aparecen marcados por la desconfianza hacia los discursos y por la presión de los ideales exitistas y de consumo. Se trata de una sensibilidad acallada, entrampada.
En esta dificultad para fluir y crear, para expresar la vida, surge el tema del aburrimiento y el sinsentido de la vida que recorre muchos de los poemas de los últimos años. En la composición de Ethel Barja, Del día a la noche, se lee:
"Danzan las manecillas del reloj. Días y noches. Se secan las miradas en la ventana. Tus manos temblorosas van buscando tierra firme. Días, noches y no palabras; sino ese amasijo de ruido, esfera loca, nuevo silencio. Días, noches y tú siempre despierto mirando la ventana sin querer mirarla, como desarrollando ojos interiores; días y más noches que se detienen y observan tus ojeras violáceas. Tu piel se desnuda de sí misma, como deshaciéndose de una carga innecesaria.
Te dejo en el mismo lugar, con tus manos rehaciendo mientras tocan, te dejo sentado en medio de tus días y tus noches, comiendo alfajores, viendo sin ver una ventana vacía, una ventana sin bordes, el agujero de la vida que escapa aullando una canción" (PUCP 2008:14).
En este poema el yo poético enuncia la situación de un tú que vive la experiencia de la insignificancia, de la falta de sentido. El tiempo transcurre pero no pasa nada. Las búsquedas no aportan solución alguna. El tiempo pasa, sin dejar otra huella que no sea el envejecimiento.
En un inicio la expectativa de que algo suceda se concentra en el mundo exterior. Es como la apuesta por tender un lazo con el mundo. Pero nada llega a comprometer el deseo de ese tú desolado. Entonces la búsqueda se vuelca hacia el mundo interior. Pero tampoco en este campo se logra entrever un camino. Finalmente, el yo poético deja a ese tú totalmente aislado de la vida “viendo sin ver una ventana vacía”, totalmente abstraído, ausente. La vida se nos escapa por ese agujero sin bordes que es la ventana desde donde somos espectadores de un mundo ajeno.
¿Cuáles son entonces las razones del decir poético? ¿Por qué escribir poesía en esta época en la que no florecen mayores entusiasmos? Me parece que una pertinente respuesta la podemos leer en el poema de José Vidal, Adivinanza:
"Cuando me preguntan
Si es que me preguntan
¿por qué soy poeta?
Les responderé
Si es que les respondo
Que no lo sé de cierto
Pero que todo
Me duele mucho" (PUCP 2007:27).
Aquí el yo poético formula una adivinanza, una suerte de enigma. Desafía a sus destinatarios, lectores u oyentes a descifrar el por qué de la poesía. Estos destinatarios, sin embargo, son inciertos e hipotéticos. Tampoco es claro el interés que puedan tener sobre lo que el poeta tiene que decir. En todo caso ellos son invocados como el contexto necesario dentro del cual se puede articular la verdad de la poesía. Y esa verdad no es otra que el dolor excesivo que reclama una expresión en vez de un silencio.
Resulta entonces que el yo poético tiene ya preparada la respuesta para una pregunta que aún no ha sido formulada y esa respuesta es desafiante y heterodoxa. En el mundo feliz del éxito y el consumo, donde ya no importan las palabras, hay alguien, el poeta, que tiene el descaro de expresar su insatisfacción, de objetivar ese dolor, sin razón aparente, que no debería existir. Esa objetivación es, de otro lado, dolorosa pues implica exponerse, romper tabús, enfrentar miedos. Así lo hace saber Carlos García Lazo es su poema Hefesto:
"Hoy me duele la cabeza
Y tengo miedo
A que aparezca Hefesto
Con su hacha de plata
Y me parta
En dos la frente
Para liberar
A la diosa poesía" (PUCP 2007:16).
En este poema la creación poética aparece asociada al dolor y al miedo que serían el contexto propiciatorio en el que aparece Hefesto, el artesano diligente que profundizando el dolor posibilita mediante un golpe, que es también una exigencia, la liberación del estro o inspiración poética.
Como dice Blanca Varela “al final del camino abre tus alas”, es decir, la poesía nace de la incertidumbre, se ve acompañada del miedo y su pleno desarrollo supone una implacable autoexigencia. Pero la poesía es una diosa sabia, bella, poderosa que habitando en todos nosotros es liberada por el rechazo al silencio mortífero.
Pero, ¿qué clase de sujeto se anuncia en la poesía de esta época? Acudamos a un poema de Agnes Arbaiza, Encore:
"Aún me siento capaz de expresarte
Versando en mi interior
Rompiéndome en palabras
Conteniéndome en la gesticulación forzada
Que se debate en mí
En forma de voces" (PUCP 2000a:37).
En este poema se asume la experiencia de un sujeto múltiple y descentrado que tiene que luchar contra la tentación de acallar su pluralidad para representar una identidad unívoca que, sin embargo, no llegaría a dar cuenta de la riqueza multiforme de su mundo interior. El ejercicio poético implica romperse en palabras, tratar de contener o dar forma al caos o incoherencia que nos instituye. La poesía implica la renuncia al control de la expresión, al discurso pastoral o pedagógico que no deja hablar a todas las voces que nos habitan. Finalmente, la poesía es la lucha de lo múltiple contra la imposición normalizante de la coherencia.
VI
Uno de los grandes temas de la poesía es la relación con el otro: la amistad y el amor. Especialmente, la relación entre géneros. Pero, cuestionado el ideal del amor romántico, la relación con el otro carece de un libreto y puede ser frustrante. Así nos los hace saber Walter Gines en su poema Viento.
"Tu voz que me llevo
No me basta
La pierdo.
Quisiera besar tu frente
Y sólo logro
despeinar tus cabellos" (PUCP 2005:14).
En este poema se pone en evidencia el desencuentro entre los géneros. El yo poético masculino quiere más de lo que recibe pues eso que se lleva simplemente no le alcanza. La voz de ella, sus palabras, se pierden, son insuficientes, no lo acompañan. Pero, de otro lado, la aproximación que él busca, dominada por la ternura más que por el sexo, termina siendo sentida por ella como un acto torpe que desordena su cuidada apariencia. Entonces, tanto lejos como cerca, las cosas no funcionan para el yo poético. Lo que hay es un anhelo de relación que se frustra.
En el poema Sentencia sin sangre, de Janeth Lozano, la precariedad de los vínculos es verbalizada desde una posición femenina:
"Al menos quisiera tener un alfiler de punta gruesa y
certera
Para perforar mi rostro y vaciarlo de sangre
Para dejarlo limpio y sin la falaz valentía viril
Para mirarte ya sin represiones ni reproches
Para decirte que tengo cuatro labios
Y todas esas cosas que no podemos decir
Porque nos cosen las dos bocas
Y que tu ausencia
Ha empezado a turbar" (PUCP 2006:17).
El deseo que domina el poema es reconocer una vulnerabilidad que no se debe expresar pero que pugna por ser dicha pues turba la interioridad del yo poético femenino. Se trata de un desequilibrio producido por una ausencia que se lamenta. En todo caso, lo que está en cuestión es la supuesta autosuficiencia del yo poético femenino. Un yo constreñido por la imposición social, por el ideal de autonomía, distancia y frialdad que una joven exitosa y decente debe acatar. Entonces ¿cómo poder confesar la vergonzosa dependencia, la inmunda vulnerabilidad? Para lograrlo es necesario mirar al otro de una manera especial, con una mirada que solo puede originarse en un talante liberado de reproches y represiones. Un rostro abierto, descongelado, por el que circulan las emociones más profundas. Y, entonces, otra vez, ¿cómo dejar ser a ese rostro verdadero?, ¿cómo depurar la expresión de lo secundario y defensivo?, ¿cómo llegar a lo original?
El poema insinúa que confesar la vulnerabilidad no es nada fácil. Es un proceso violento y doloroso que implica un ataque contra sí misma. Pero se trata de una violencia que termina siendo habilitante. Hay que “perforar el rostro” con un “alfiler de punta gruesa y certera”, solo así, vaciado de sangre, podría quedar limpio, “sin la falaz valentía viril”. Solo así podría ser plenamente expresivo, decir lo que verdaderamente siente. La virilidad está asociada a la rigidez, a lo inexpresivo. Al ocultamiento de lo vulnerable. Entonces el yo poético femenino está sujeto a una doble restricción. De un lado, a la demanda de acallar lo íntimo y poner por delante la “viril” inexpresividad. Y, del otro, al mandato de no comprometerse ni perder el equilibrio. Posicionarse en la esfera olímpica de la distancia y la lejanía, del equilibrio impertérrito. Y contra esos mandatos solo vale la confesión avergonzada hecha con la voz y con el cuerpo, con las dos bocas y los cuatro labios, tal como lo dice el poema.
Uno de los cambios que define nuestra época es el protagonismo femenino. Quedó atrás la reificación de lo femenino como belleza silente y acogedora, complemento perfecto del ansía posesiva del varón.
Ahora no, ahora las jóvenes mujeres desafían a los hombres. Esta situación queda ilustrada en el poema de Hans Burkli:
«Había una chica que huiría de todo el mundo. Dijo que jamás dejaría de usar zapatillas, en verdad que corría rápido. Corría tan rápido que ni mis sueños podían alcanzarla. Me miró con sus ojos de carretera, como una gitana buscando la línea de mi muerte y dijo: “No podrás conmigo”» (PUCP 2008:18).
De alguna manera este poema expresa la dificultad de la relación entre los géneros en la época actual. Desde siempre el hombre ha perseguido y la mujer ha huido. La figura del cazador y la gacela. En algún momento se produce el encuentro y se forja el vínculo donde la mujer es dependiente y protegida y el hombre es el buen caballero. Pero ahora las cosas no son tan así. La joven no aparece dispuesta a ese lazo que el joven sigue añorando. Las reglas del juego han cambiado y eso se presenta como una amenaza de muerte para el joven pretendiente.
De hecho, uno de los temas más comunes en las poesías que he leído es la dificultad de las relaciones de pareja. La idealización no se sostiene y la realidad no se soporta. En este impasse se puede desarrollar una suerte de heroísmo de la ilusión, tal como sugiere Angélica Santur en su poema Ilusiones:
"Camino descalza por tus calles
Buscándote
Y siento cucarachas chocar contra mis pies
Llego a ti
Y hundo mis pies, mis manos en tu carne
Y me abandono a tus abismos
Y me desbordo de
ILUSIONES…
Porque no hay
Abismos
Carne
Manos
Pies
Cucarachas
Ni calles de descalzos.
Tantos versos
Para al fin entender
Que no existimos" (PUCP 2004:17).
El yo poético se mueve entre la ilusión que tienta y la realidad que decepciona, en una suerte de equilibrio precario, amargo. La realidad no impide la ilusión aunque ella termine estrellándose contra la realidad. Finalmente, sin ilusión ni realidad, solo queda el vacío.
La naturaleza de la ilusión corresponde a una búsqueda esforzada del yo poético femenino. Se trata de encontrar al otro con el cual se pueda producir una fusión, una comunicación intensa, una entrega total. Para llegar ahí es necesario recorrer los espacios del otro, incluso atravesar valerosamente sus limitaciones o inmundicias, esas cucarachas. Al final de este peregrinaje se produce el desborde de ilusiones, pero resulta que ellas se desvanecen sin dejar huella. No hay un camino hacia el otro, menos un encuentro. Esto es lo que por último registra la voz poética: “tantos versos/ para al final entender/ que no existimos”.
El ejercicio poético termina siendo un espacio de verbalización de las ilusiones, pero también de descubrimiento de su imposibilidad. ¿Queda el yo poético en idéntica posición después de la enunciación poética? Parece haber constatado la inanidad de esas esperanzas que revoloteaban innombradas. No obstante, esta constatación es también un consuelo en la medida en que aporta un cierto deslumbre estético.
Entre el regreso de la ilusión y la nueva decepción puede generarse una dinámica de ensoñación que escapa de la amargura aunque, ciertamente, no nos ponga con los pies en la tierra. Se trata, otra vez, de la eficacia del consuelo. De habitar, aunque sea precariamente, un mundo de fantasías.
A esto se refiere precisamente el poema Sería delicioso poder besarte de la misma autora:
"Sería delicioso poder besarte
Tocarte,
Pero las quimeras son así
Barro de sueños insurrectos
Empapado de deseos
Y no se tocan,
Ni se besan
(…)
Y yo te quiero
Porque sobrevives a todo eso
Porque tú eres solo en mí
Y también porque no existes
Y porque no me dejas saberlo" (PUCP 2004:19-20).
En el poema se plantea una multiplicidad de niveles de conciencia. A un nivel fundamental, el yo poético sabe que ese tú es solo una construcción imaginaria modelada por su deseo. No obstante, a otro nivel, esa ilusión no es percibida como tal, es alucinada como una realidad sustancial que es tan satisfactoria que no tendría por qué ser sacrificada. El yo poético colabora con ese engaño, rechaza la realidad desencantada, persiste en la vivencia de la ilusión. Si no eres tendré que crearte, y si todo dice que no existes, no me importa, pues te necesito tanto que quiero que me engañes.
VII
A lo largo de esta exposición, he sostenido la tesis de que en la poesía de los jóvenes de hoy observamos un repliegue adolorido sobre el mundo interior. Un mundo interior que es permanentemente visitado por fantasías, por anhelos de lo que pudo ser o de lo que acaso aún puede ser. Apenas dejamos de estar concentrados en alguna actividad, nos merodean nuestros deseos insatisfechos. ¿Cuáles son esos deseos? ¿Cómo nos situamos frente a ellos? En los últimos poemas analizados, el deseo apunta a una comunión con el otro, al logro de una intimidad casi fusional. Más que el sexo aparecen el cariño y la ternura, la mutua posesión. Estos anhelos se convierten en fantasmas que penan pero también contentan.
Frente a la expectativa inerradicable del encuentro con la felicidad serían posibles hasta tres posiciones. La primera es la de soplar el castillo de naipes, desvanecer la ilusión, asumir su radical imposibilidad. La segunda, escoger el delirio, ocultarse de la realidad, vivir la ilusión; posibilidad que se desarrolla en el poema Sería delicioso poder besarte. Y la tercera sería resistirse a la ilusión, impedir que se infiltre en los intersticios de la vida interior, como podría tratar de evitarse la presencia de una bacteria o un virus que enferme a nuestro organismo. No obstante, lo que está fuera de duda es la fuerza de la ilusión.
Esos deseos no están referidos a cambiar la realidad social, ni a luchar por la justicia. Ni siquiera a transformar algún elemento significativo de la realidad exterior. Lo que estos deseos ponen en evidencia es un hambre de amor, una búsqueda de vínculos satisfactorios con los otros, que es la manera en que hoy se puede construir un sentido para la existencia.
Es difícil que estos vínculos florezcan en un ambiente enrarecido por lo que he llamado la mendacidad de las palabras. Y es una tarea del Arte, y especialmente de la Poesía, el tratar de renovar el lenguaje haciéndolo más fiel a los anhelos y esperanzas que palpitan dentro de nosotros. Finalmente, como dijo Alberto Flores Galindo en el umbral de esta época, en 1989, de lo que se trata es de despojarnos del temor a nuestra creatividad.
Nota
* Esta conferencia de apertura del año académico ha sido publicada por la PUCP (Portocarrero 2009).
Bibliografía
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2009 La mendacidad de las palabras y la urgencia de la poesía. Lección inaugural del año académico 2009 de Estudios Generales Letras. Lima: PUCP.
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2008 Los estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Perú hoy: el caso de Estudios Generales Letras. Lima: PUCP.
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1999 Creación literaria 1998. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
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2002 Creación literaria 2001. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
2003 Creación literaria 2002. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
2004 Creación literaria 2003. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
2005 Creación literaria 2004. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
2006 Creación literaria 2005. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
2007 Creación literaria 2006. Lima: PUCP-Estudios Generales Letras.
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