"El sueño de la razón produce monstruos”. Des-acuerdos entre la razón y la vida
I
La frase tiene varias lecturas posibles. En la primera, que podríamos calificar de racionalista, se entiende que la fantasía, abandonada a su propia dinámica, sin el control de la razón, produce monstruos. Es así que el sueño de la persona que duerme está poblado de toda clase de animales atemorizantes. Por tanto se desemboca en una situación atormentada. La razón controla la angustia de manera que su ausencia temporal nos coloca en una situación vulnerable, enloquecida. Si imaginamos la imagen como el núcleo de una narrativa, tendríamos que decir que la persona retratada se ha quedado dormida. Ha estado escribiendo pero el sueño la ha vencido. Las ganas de dormir han debido ser muy fuertes, pues la posición en que la persona ha quedado es notoriamente incómoda. Y en su sueño se están arremolinando una serie de animales que la observan: un felino, unos búhos y unos murciélagos, menos perfilados, pero quizá por ello más terroríficos. Criaturas sombrías que revelan las latencias que pre-ocupan la mente del escritor.
Si la razón, con lo previsible de su lógica, es el fundamento de la conciencia; entonces, el sueño, el reino de la imaginación disparatada, representa una disolución del control, una caída en lo informe y amenazante. La razón ordena y posibilita la vida. La pone a salvo de los monstruos que la asechan. Ahora bien, en la medida en que el dormir y el sueño son parte del ciclo de lo cotidiano, resulta que lo “monstruoso” asecha la vida desde adentro y requiere de la razón como la actividad que conjure sus desmadres. Tenemos entonces una visión dolorosa de la vida. Lo que en el hombre viene de lo animal, aquello que la fantasía no puede dejar de representar, es, ante todo, algo sombrío y angustiante.
Esta lectura puede asociarse al positivismo, a la idea de una naturaleza salvaje que necesita ser siempre conquistada para hacer posible una vida humana, acaso equilibrada y placentera; aunque también precaria y amenazada. También se vincula a la idea de un yo que pretende ser señor –soberano- de su mundo. Es decir, a las filosofías que imaginan un sujeto fuerte, idéntico a sí mismo. Por tanto plenamente responsable de sus actos y merecedor –sin atenuantes- de los premios o castigos que se derivan de su acción inteligente.
Esta lectura se liga también a la creencia de que la fantasía y el mito son fuerzas arcaicas siempre dispuestas a erosionar lo racional y civilizado, a devolver al hombre a una condición animal que es de sufrimiento, de esclavitud, al capricho de la pulsión animal. “Donde era ello, ha de ser yo” (Freud 1981a:3146). Esta frase de Freud avala esta primera lectura del capricho de Goya. El automatismo del instinto debe ser desplazado por la deliberación de la conciencia. Sobre las mismas bases se edifica la teoría del proceso civilizatorio elaborada por Norbert Elías. Para este autor la civilización se fundamenta en la interiorización del autocontrol (Elías 1987). Entonces, el desarrollo de la razón y la conciencia moral tienden a desplazar al miedo y a la sanción violenta como los medios para lograr un equilibrio en las relaciones entre las personas; es decir, la civilización se funda en la interiorización de una normatividad que establece deberes y derechos, y que pacifica la vida en sociedad. Pero, en cualquier forma, aún la sanción cruel y violenta representa un progreso sobre la anomia y la anarquía, posibilidades siempre latentes en el mundo social.
II
La segunda forma de entender la frase de Goya es más aventurada. La idea es que la misma razón es un delirio, un sueño. Un sueño que produce monstruos. Frente al orden natural dominado por la espontaneidad del instinto, la razón aparece como posibilidad de ruptura y escape. Pero ese escape es solo una ilusión que termina siendo peor que el propio orden natural. La razón es el salto en el vacío, la caída en lo monstruoso de la libertad y la indeterminación. La razón engendra una conciencia asechada por sus propias alucinaciones. Esas alucinaciones son los ideales imposibles que atormentan al cuerpo y a la vida. Exigencias deshumanizantes que con su desmesura oprimen la existencia. La razón no es entonces la liberación del hombre del reino ténebre de lo animal. Representa el ingreso de la especie en el campo de la mortificación. La conciencia es una enfermedad, un parásito del cuerpo. Implica la expatriación de la naturaleza y la caída en la atormentante necesidad de sentido. Finalmente, el flagelo y la disciplina del cuerpo. Esta lectura –romántica y vitalista- está asociada con la fatiga del ideal de la razón, con la desmistificación de sus promesas, con el cuestionamiento de que el autocontrol nos puede hacer más felices. Pero también con la añoranza de la naturaleza y de la comunidad, con la necesidad de sentidos precisos y contundentes. En consecuencia, plantea la reivindicación del mito, de la certeza absoluta como primer paso de una suerte de vuelta al instinto, de una reintegración con la naturaleza. El imperio de la razón habría resultado fatídico para la criatura humana. Rechazarla, o al menos acotar sus funciones, se plantea como la salida al paralizante nihilismo en el que la vida ha sido arrojada. Entonces se abren una serie de caminos. El nacional-socialismo con su idea de un destino que se porta en los genes. O el new age con la expectativa de una naturaleza acogedora a la que debemos reintegrarnos; de allí la mistificación de lo exótico y la añoranza de lo primitivo, tenidos por superiores al estar menos sometidos al imperio de la razón. O la impronta pragmática; la idea de que la razón es conveniente –útil- en tanto sirve para solucionar los problemas concretos de la gente; solo un medio, un instrumento muy valioso, pero nada más.
Pero todas estas posiciones que pretenden delimitar el campo de la razón son insuficientes, pues tratan de reprimir lo más característico de la razón, es decir, su irrefrenable despliegue especulativo. Su no estarse quieta, su carácter excesivo, su desborde del campo de lo funcional. Esta tendencia del pensamiento a seguir preguntando, por una suerte de gusto tormentoso, se parece mucho a la sexualidad tal como fue definida por Freud. En efecto, para Freud la sexualidad es la búsqueda del goce más allá de la satisfacción (Freud 1981b). Es la fuerza que hace que el infante siga succionando la mamadera vacía, o el chupón, aún cuando esté ahíto. De la misma manera funciona la curiosidad del niño que sigue preguntando el porqué de las cosas. A pesar de que de ese interrogatorio no saque ningún provecho “tangible”. Este empuje a querer, o a saber más, es lo distintivo de la criatura humana.
III
Desde luego que es posible y necesario trascender el dualismo que opone el binomio “razón buena-naturaleza mala”, a un segundo binomio, el de “razón mala-naturaleza buena”. El primero asociado con la ilustración y el cientificismo; el segundo con la actitud romántica y el vitalismo. Pero tampoco es que pueda confiarse en una dialectización que suprima o supere el antagonismo entre razón y vida. Quizá lo sensato es buscar acomodos prudentes, mutuas concesiones que traten de combinar ambas posturas. Esta es la raíz de la sabiduría como arte del buen vivir.
IV
Pero regresemos al capricho de Goya. El escritor se ha dormido, acaso la tensión creativa que inquieta su vigilia se ha debilitado, entonces, presa del cansancio y del debilitamiento de la inspiración, se ha hundido en el mundo de los sueños. Ese mundo es de penumbras y los animales que lo circundan son sin duda atemorizantes; no obstante tampoco puede decirse que estén atacando al escritor. Son el “lado oscuro” de la razón, representan lo animal que hay en el hombre. Si habría que calificar la actitud de esos búhos o la del felino que está a los pies del soñador, la expresión más certera sería la de vigilancia. El búho, símbolo de la inteligencia y la lucidez, está vigilando. Tanto al soñante como a quien ha dibujado el grabado, y, en consecuencia, a la persona que lo ve. El búho más notable, el de las alas desplegadas, está mirando al observador. Igual que ese animal improbable que es una suerte de oso volador. Entonces, podemos preguntarnos ¿desde qué lugar se está narrando la escena? No desde la mirada del soñante sino desde la del artista.
Entonces se trata de la representación de algo que como tal no es visible en la realidad. De simbolizar el mundo interior del artista o del soñador, de eso que pasa por su mente, de algo que no puede observarse desde fuera pero que es representado como si estuviera “allí”. El dibujo está intervenido por la leyenda que dice: “El sueño de la razón produce monstruos”. Si esta frase no estuviera escrita pensaríamos que el escritor se ha quedado dormido y que en sus sueños aflora una fauna que produce miedo. Mejor entonces la lucidez de la vigilia que la incertidumbre del sueño. Pero la frase está allí, de manera que ambas, imagen y frase, están articuladas; es decir, el significado de cada una está interiormente condicionado por la otra.
Elaborada en 1797, la imagen tiene una potencia extraordinaria. Anuncia premonitoriamente el drama de la modernidad. El propio Goya se siente inseguro frente al significado de su creación. En un inicio el grabado iba precedido de un prefacio que decía: “Para el artista que sueña su único objetivo es eliminar creencias perjudiciales y vulgares, y perpetuar, en esta obra de caprichos, el testimonio de verdades sólidas”. Goya parece inclinarse a una interpretación ilustrada de la razón como fundamento y potenciación de la vida. Más tarde, sin embargo, en el prefacio de la serie Los caprichos, Goya escribió: “La imaginación abandonada por la razón produce monstruos imposibles; unida a ella es, sin embargo, la madre de las artes y la fuente de sus maravillas” (citado en De la Encina:1939).
En esta segunda presentación no se trata de que la razón destruya los frutos de la fantasía sino de lograr una conciliación –el arte- que enriquece la vida.
Pero la potencia de la imagen está justamente en su ambigüedad. De allí su carácter abierto y profético: cómo lograr un equilibrio entre la razón y la vida. Es decir, cómo cosechar los beneficios de la razón sin que ella nos atormente. Posibilidad que implica un ejercicio gozoso de la razón que no destruya la vida. Finalmente, se trata de que la razón no puede ser arrinconada pero de que la vida tampoco sea mortificada.
V
En un breve testimonio de parte tengo que decir que nací en una familia donde la inteligencia era muy preciada. Era nuestra distinción respecto a un país donde –se nos decía- predominaba la ignorancia y la pobreza. Esa era nuestra arma o contribución. De allí nacía la capacidad profesional, la alta productividad. El derecho a reclamar el liderazgo social. Solo la clase media ilustrada, depositaria de la razón, podría sacar de la barbarie de la superstición a las mayorías no educadas.
En mi hogar el culto a la inteligencia significaba la promoción de la lectura y de la escucha de música clásica. La promesa era que el desarrollo de las capacidades intelectuales asegurarían una cómoda, y legítima, posición social, así como el cumplimiento de una misión clave: civilizar al país.
Me dediqué entonces a estas tareas mediante las lecturas, la reflexión y la escritura. El saber se convirtió en mi deseo.
Ahora las cosas han cambiado mucho. Son muy pocos los que piensan que la razón puede hacer más feliz a la gente. El deseo de saber ha retrocedido, ahora se trata, sobre todo, de estar entretenido, de pasarlo bien. No es que la razón o la inteligencia no sean admiradas. Pero no son consideradas tan interesantes como pueden serlo el sexo, la comida, el baile; los goces del cuerpo.
De otro lado, la naturaleza elitista del culto a la razón ha quedado al descubierto. La (sobre)valoración de la inteligencia es –sin duda- la justificación de muchos privilegios sociales. El hombre de saber no tiene el respeto y la admiración social que solía tener. Ese lugar es ahora propiedad de los actores y actrices, de la gente de la farándula. Y de los deportistas.
Yo me siento fuera de época. Al menos parcialmente. Sigo leyendo, escribiendo, tratando de aprender cosas que importan cada vez menos. Esta época está dominada por el vitalismo y cierta hostilidad hacia la razón. Por un secreto rencor, pues la razón no cumplió sus promesas. Entonces se reivindica lo natural.
Ahora bien, resulta curioso, pero de hecho hay una cierta afinidad entre Auschwitz y el muro de Berlín. Ambos fueron construidos deliberadamente, de manera planificada, científica, en la expectativa de que a su manera cada uno posibilitaba un mundo mejor, pues así se lograba controlar lo peligroso amenazante: el judío que contamina, el capitalismo que corrompe. Ambas construcciones materializaban una razón de Estado supuestamente anclada en la búsqueda de la felicidad y el desarrollo humano. Claro que el nazismo buscaba la gloria de los arios y el socialismo tenía como ideal al conjunto de la humanidad. No obstante, esa razón de Estado era finalmente un mito opresivo.
La idea de que la razón por sí misma nos puede hacer felices es pues una fábula que termina en mutilaciones y muerte. Pero la idea de que la vida se puede lograr abandonándose a la espontaneidad de su naturaleza es otra fábula que acaba también en ríos de sangre.
Bibliografía
DE LA ENCINA, Juan
1939 “El mundo histórico y poético de Goya”. En Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/ecm/12582733770134835317624/p0000001.htm.
ELÍAS, Norbert
1987 El proceso de la civilización. México: FCE.
FREUD, Sigmund
1981a "Disección de la personalidad psíquica. Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”. En Obras completas. Tomo 3. Madrid: Biblioteca Nueva.
1981b “Tres ensayos para una teoría sexual”. En Obras completas. Tomo II. Madrid: Biblioteca Nueva.