la mafia no descansa

Razonando la coyuntura electoral

Publicado: 2011-04-29

Si el afán de saber tiene un fin este es, esencialmente, hacernos más libres, más conscientes de nuestros límites y posibilidades. Finalmente, hacer más fecunda nuestra acción.

Entonces el saber tiene que construirse en un diálogo crítico con el sentido común. No se trata, por tanto, de repetir estereotipos, si no de relativizarlos, enriquecer por tanto el conocimiento general.

Esto es tarea de todos, pero en especial, de la gente a quien le gusta explorar y razonar el mundo. Personas que se sienten libres para pensar, que están desenredadas de los prejuicios que anudan la inteligencia.

El hecho es que, ahora en el Perú, se ha consolidado un sentido común cuyo origen está en las empresas que hacen encuestas de opinión. De otro lado, este sentido común está impulsado por muchos de los periodistas y “politólogos” que figuran en los medios de comunicación.

Las encuestas ligan la preferencia electoral del ciudadano con: su edad, género, región y nivel socioeconómico. Entonces vinculando estos hechos se ha construido una interpretación según la cual el voto por Humala pertenece básicamente a los excluidos y el de Keiko a la gente que tiene algo que perder.

El supuesto básico es que la gente opta según su interés económico.

No es, desde luego, que esta afirmación sea falsa. Pero si es demasiado simple, de modo que quedan sin explicar hechos decisivos.

Detrás del paradigma economicista del sentido común, de las encuestadoras y los “politólogos”, está, sin que ellos se den cuenta, el viejo fantasma de la “indiada insumisa”. La narrativa de la muchedumbre rebelde que pretende confiscar lo que no posee. Y también está allí el otro fantasma, el del blanco extranjero y explotador. Es decir, el inconsciente, lo no pensado del análisis político es la tradicional lucha de clases que en nuestro medio tiene fuertes connotaciones étnico-raciales.

Creo que es necesario tratar de razonar mejor lo que está sucediendo en este proceso eleccionario.

II

Con este fin es necesario emanciparse de la lógica del marketing político. Esa lógica del experto que, después de las encuestas y los grupos focales, asesora al candidato diciéndole: “estás bajo en tal género, tramo de edad, región y sector social; entonces tienes que tener una presencia allí, componer un mensaje efectivo, subir tus preferencias pues de otra manera no la haces”.

El candidato es como un producto que necesita “posicionarse” de una manera efectiva en diferentes “nichos” del “mercado electoral” para lograr la mayoría. Entonces Keiko se convierte súbitamente en la paladina de los derechos humanos y de la lucha contra la corrupción. Y Humala pretende garantizar que ni la propiedad ni la libertad se verán afectadas en un gobierno suyo.

Los expertos en marketing suponen que tratar de adecuarse a las demandas de los que faltan para conseguir la mayoría electoral no afectará el volumen de votos con los que ya cuentan sus jefes. La idea es ganar las preferencias de los indecisos, o de aquellos que no están muy comprometidos con el contrincante.

Bien se entiende que esta sea la lógica del asesor. Pero no tendría porque ser la de aquellos que pretenden contribuir al mejor conocimiento de nuestra sociedad.

Mejor no caer en el fetichismo de las encuestas. Aunque tampoco puede ignorarse la enorme influencia que ellas tienen en las decisiones de los ciudadanos.

En todo caso, las encuestas no son el único factor a tomar en cuenta. Los comentaristas que se restringen a ellas están siempre detrás de los hechos, en la posición de producir explicaciones que traten de adecuarse a lo que ya ha sucedido.

III

En cualquier forma las elecciones han puesto en evidencia que más del 50% de los votantes se inclina por opciones autoritarias.

Esta situación revela que la mayoría de los peruanos tiene internalizado un modelo una autoridad “fuerte pero justa y benevolente”. O sea que no se ha aprendido lo que la historia peruana demuestra una y otra vez. Es decir, que todo gobierno fuerte tiende a la corrupción y el clientelismo.

Seguimos, pues, buscando un Inca. Y ¿por qué seduce tanto el mito del “buen déspota”? Sencillamente porque no creemos en el autogobierno y la democracia. Es decir, en una autoridad transparente, que no pretenda concentrar el poder y que sea efectivamente fiscalizada por una oposición razonable. Tenemos puesta la fe en caudillos redentores o en personas que den confianza.

Para una consolidación de la democracia, para que sea posible un gobierno según la ley, tendría que haber partidos que la gente sienta como cercanos, representativos, y, también, instituciones sólidas. Y la verdad es hay demasiado poco de lo uno y de lo otro. Los partidos son poco más que camarillas en torno a un caudillo. Y las instituciones están desacreditadas por corruptas.

Entonces dada la alternativa entre, de un lado, una consolidación democrática, vivida como improbable e incierta, y, del otro, la presunta efectividad del gobierno fuerte, la mayoría del electorado se inclina por la segunda opción.

Keiko y Humala representan dos variedades de la misma expectativa autoritaria. Keiko es el gobierno fuerte, mafioso y clientelista, que tiende hacia la desmovilización social mediante la multiplicación de concesiones puntuales. Y Humala es también el gobierno fuerte, que en función de imponer (¿consensuar?) un plan redistributivo, pretende hacerse más fuerte.

Keiko capitaliza el agradecimiento por aquello que la gente percibe como obra de su padre. La derrota del terrorismo y el haber puesto las bases del actual crecimiento económico. A sus votantes no les importa demasiado la corrupción y las violaciones de derechos humanos. Hechos que, dicho sea de paso, son una constante en la historia peruana. Keiko también suma los votos de la gente más emprendedora, la que ha tenido más oportunidades y depende menos del amparo estatal. Otro de sus puntos fuertes es el electorado femenino. Finalmente cuenta con la simpatía del mundo criollo que percibe en Humala una inquietante ansiedad por tener más poder, una vocación dictatorial.

Y Humala convoca el resentimiento (¿o sed de justicia?) de tantísima gente maltratada y excluida. También capitaliza el ansía por una nación más andina, por una comunidad más acorde con la profundidad de la historia de nuestro país. En este aspecto es el heredero la difunta izquierda y de sus planteamientos de cambio hacia un estado nacionalista y providente. De la misma manera, encabeza el sentimiento provinciano que responsabiliza al centralismo limeño de (casi) todo lo malo que ocurre en las regiones. Y, finalmente, hacia el confluyen las preferencias de las personas que tienen más expectativas en la ayuda estatal.

III

En la política mundial hay vigentes en la actualidad dos grandes ideologías: el neoliberalismo y el liberalismo social-demócrata. La primera se funda en la creencia de que primero es necesario crecer para que luego sea posible redistribuir. Y la segunda lo hace sobre la creencia de que solo la redistribución hace posible el crecimiento.

Hay una relación de afinidad entre autoritarismo, corrupción y neoliberalismo. En efecto, en tanto se valora ante todo el crecimiento económico la urgencia de la democracia, la redistribución y la transparencia queda para un segundo momento que acaso tarda demasiado en llegar. En cualquier forma las políticas neo liberales han sido bastante efectivas en promover la inversión y el crecimiento.

El liberalismo social demócrata, al amparo de reconocer derechos, busca construir alianzas sociales de amplio espectro. Sostiene que sin inclusión social no puede haber seguridad política y personal; ni, por tanto, crecimiento económico . Trata entonces de conciliar la rentabilidad de las empresas con los derechos de los trabajadores.

Los nombres emblemáticos del neo-liberalismo son F. Von Hayek y M. Friedman. Y el liberalismo social demócrata tiene su abanderado más visible en Amartya Sen.

IV

Pero sería demasiado ligero decir que, en el Perú, Keiko representa el neoliberalismo y Humala el liberalismo social demócrata. Hay algo de eso pero hay mucho más. Tras de Keiko están las clases propietarias y las medias conservadoras, el mundo popular exitoso, los criollos y los mestizos acriollados. Y tras Humala están los excluidos y las clases medias empleocráticas y culturosas, los andinos y los cholos. Y, desde luego, más hombres que mujeres.

En el inicio de la campaña electoral, allá en enero del presente año, predominaba la opción por lo que Mario Vargas Llosa llamó el “campo democrático”. Es decir, Castañeda y Toledo eran los favoritos. Aunque Keiko contara con un sólido 20%. La opción centrista implicaba el apego al modelo económico y la apuesta por una consolidación democrática. Pero este panorama se desequilibró con el ascenso de Kuczynski que catapultó las preferencias por Humala. La arrogancia de unos reavivó el resentimiento de los otros.

Así hemos llegado adonde ahora estamos. El mesianismo redentorista de Humala está avalado por expectativas de justicia que son totalmente razonables. Y el clientelismo benevolente de Keiko encuentra grandes simpatías entre la gente que quiere ser “tutelada”, que quieren que todo siga igual, salvo que un poco mejor, gracias a la mano dura contra los que perturban el orden social.


Escrito por

Gonzalo Portocarrero

Profesor de la PUCP. Ha publicado recientemente el libro "Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso".


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