la mafia no descansa

En lo pequeño se revela lo grande

Publicado: 2011-05-06

Gonzalo Portocarrero y

Mariana Barreto

El mercado 12 de abril está enclavado en el centro histórico de Huamanga. En la prensa local se lo describe como un “corralón de mil metros cuadrados”. Allí se vende de todo, desde productos de pan llevar hasta abarrotes y ropa. Los comerciantes no tienen títulos de propiedad sobre sus puestos. Esta precariedad jurídica acentúa el descuido y la falta de higiene del lugar. Diera la impresión de que fuera una tierra de nadie. Los medios de comunicación se refieren constantemente a las ratas que pululan en el mercado. La situación se complica más porque los comerciantes están divididos y la dirigencia cuestionada. Además la aspiración de construir un nuevo mercado choca con el INC de Huamanga que quiere “rescatar” el terreno y eliminar el comercio de la zona. De otro lado, el grupo VEA está interesado en levantar un supermercado moderno en ese espacio; y esa oferta cuenta con muchas simpatías entre los huamanguinos.

Entonces la realidad es una constante pugna entre los mismos comerciantes y, de otro lado, entre ellos, la municipalidad y la opinión pública. Las diversas propuestas sobre qué hacer con el mercado no se concilian de manera que la situación está entrampada. Total, el viejo mercado construido de madera y calamina, con pisos de tierra; mal organizado y poco saludable, permanece en el centro de Huamanga complicando el tráfico y generando cantidades de basura.

Las veredas que rodean el mercado son muy estrechas pero aún así están ocupadas por comerciantes. Esto significa que los peatones tienen que caminar por la calle, con el consiguiente riesgo para su integridad física pues el tráfico es muy denso y la calzada es angosta. El peligro es aún mayor porque la regla efectiva que norma el tráfico es que el peatón es responsable de su propia seguridad de manera que tiene que estar muy pendiente de los carros que, en la práctica, son los que siempre tienen la preferencia.

Los comerciantes que están en las veredas que orillan el mercado son mujeres quechua hablantes, generalmente mayores y muy pobres. Venden hierbas para infusiones como manzanilla o yerba luisa. O también venden flores. El hecho es que su capital es muy pequeño, no más de 30 soles, y, en consecuencia, sus ganancias también deber ser muy exiguas. La foto que pertenece a Isabel Wong muestra a dos de estas señoras.

II

La anécdota a la que haremos referencia ocurrió el día 22 de abril en la mañana cuando paseábamos por afuera del mercado. Había llegado una camioneta del Serenazgo de la Municipalidad de Huamanga. La camioneta era una pick up, adecuadamente implementada con luces en el techo, sirena y una barra curvada en la tolva. Se trataba de un operativo de desalojo de las comerciantes ubicadas en las veredas. No es que fuera un carga montón con fiscal y muchos policías. Pero en la voz del jefe de los serenos había resolución e imperio. El jefe les dice algo así como: “Señoras por favor sírvanse abandonar las aceras pues Uds. no tienen derecho de estar allí pues las aceras son espacios públicos para el tránsito de los peatones. Uds. dificultan la circulación y tampoco pagan impuestos. Entonces, repito desalojen el lugar de inmediato pues si no lo hacen tendremos que emplear la fuerza y Uds. perderán sus productos que serán decomisados”. Inmediatamente los curiosos detuvimos nuestra marcha para ver lo que sucedía. Los operativos contra los ambulantes son frecuentes en muchas ciudades del Perú. Por lo general están bien organizados de manera que pese a la resistencia los productos son arrebatados por el serenazgo y/o la policía, y terminan en un camión o camioneta, frente a la rabia y protesta de los comerciantes.

Pero esta vez no fue así. De pronto, una señora bastante mayor se para y, mientras agita sus brazos, amenazando al jefe, dice: “Sinverguenza, corrupto, qué vienes a fastidiar acá… Anda a hacer tu trabajo, a coger los ladrones y delincuentes. Nosotros estamos haciendo nuestro trabajo porque así nos ganamos la vida. ¿Adónde quiere que vayamos? Váyase a trabajar, fuera…” El tono de su voz es categórico, exasperado, rebosante de indignación y amargura. El jefe escucha aparentemente impertérrito. Pero debe estar menoscabado pues apenas responde “Uds. no tienen derecho…”. Y en ese momento, varias voces femeninas gritan, al unísono, “vete, vete, no fastidies”. El jefe voltea y mira al “público” que está presenciando los hechos. Ninguno de nosotros comenta la situación. Todos guardamos silencio. El operativo ha fracasado. El jefe y su equipo se suben a la camioneta y se retiran, avergonzados. En un instante la normalidad se recupera. El “público” se desvanece, cada uno sigue su camino mientras que las señoras continúan ofreciendo sus productos.

Vistos los sucesos con un poco más de distancia tenemos que aquí se enfrentan no solo dos personas sino también dos discursos. El jefe sostiene que las señoras no tienen derecho a ocupar un espacio público que no les pertenece; señala que tampoco pagan impuestos y que encima complican la marcha de los peatones. La idea del Jefe es que para tener derechos hay que cumplir deberes. Y las señoras son un estorbo, en nada contribuyen al bienestar colectivo. Entonces lo lógico sería que se fueran a otra parte. ¿Adónde? A él no le importa, ya verán ellas. Este es un discurso que se sitúa en una lógica neo liberal, estrechamente meritocrática. No se puede pretender recibir si no se da a cambio.

El discurso de la señora se inscribe en una lógica liberal democrática. Ellas tienen derecho a trabajar, a ganarse la vida. Y como la única posibilidad al alcance de las ambulantes es vender en las aceras entonces tienen toda la razón en ocuparlas. La idea implícita es que el derecho es más fundamental que el deber. El derecho a la vida y al trabajo está por encima de todo. Y si la sociedad no puede garantizar su cumplimiento efectivo, entonces, nadie tiene una razón suficiente para quejarse de las incomodidades que puede sufrir. Además debe tenerse en cuenta que la señora apela a un sentimiento muy difundido en la ciudadanía. Las autoridades son corruptas y buscan lo fácil; en vez de dedicarse a controlar la delincuencia.

El categórico triunfo de las señoras pone en evidencia la crisis de la autoridad autoritaria. Ya no domina la resignación y el bajar la cabeza. Ahora prevalece la indignación y la lucha resuelta. Para que la autoridad pudiera hacer valer sus fueros sería necesaria una negociación a la que no parece estar dispuesta. La realidad de lo acontecido demuestra que las autoridades no han asimilado la necesidad de una negociación pero que tampoco pueden imponerse pues es tenaz la resistencia de las señoras. Entonces esta situación es típica de lo que sucede en el país. En efecto ¿No es esta reacción la misma a la que se viene dando en todo el país frente a las imposiciones que se derivan de la política que García elaboró en su célebres artículos “el perro del hortelano” ¿No se repiten todos los días sucesos como los narrados?

Finalmente, la actitud del público, interesada pero pasiva, merece un comentario. Todos los peatones tienen que estar molestos con las señoras que acaparan las aceras y fuerza un lento y sobresaltado caminar por la calzada. No obstante, todos también están conscientes de la verdad: que las señoras son muy pobres y que carecen de oportunidades. Así se explica el silencio del público que no llega a tomar partido. En realidad, el consenso sería desalojarlas pero dándoles una alternativa para ganarse la vida.


Escrito por

Gonzalo Portocarrero

Profesor de la PUCP. Ha publicado recientemente el libro "Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso".


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