no tenemos planeta B

Confesión

Publicado: 2011-05-28

Advertencia:

gente que me aprecia me dice que en "Confesión" me expongo demasiado, que me dejo llevar por un patético exhibicionismo sufriente, que no corresponde para nada a una vida donde no faltan logros. Se me aconseja, cariñosamente, prudencia. Otros me dicen que tras la transparencia que pretendo alcanzar no se ve más que una oscuridad radical y desconcetante. Y tampoco faltan quienes no saben qué pensar y no me dicen nada. Estos son, obviamente, la mayoría. ¿Por qué habrían de interesarse en algo que sienten lejano y, de seguro, impertinente? Entonces he dudado en mantener el post. Por momentos pensé en eliminarlo. Pero el otro día escuché a Giani Vattimo, una persona que ha preservado su integridad recogiendo todos sus pedazos. Y me regaló una frase que me dio valor, que me dió el coraje de sostener la Confesión.

Dice Vattimo "El olvido del ser es el silencio de los perdedores". La frase es una respuesta a Heidegger que se quejaba del "olvido del ser", sin aclarar, de otro lado, lo que pretendía decir con esa expresión. La dejaba resonar para que interpelara a cada uno de alguna manera. Para mí el "olvido del ser" es el atrincherarse en una forma de vida desde donde no hay otro horizonte que la repetición de lo mismo. Uno se olvida de la libertad que se convierte en pura fantasía en medio de una existencia rutinizada. La respuesta que da Vattimo al pertubador llamado Heiddegeriano, nos invita a pensar que el "olvido del ser" surge cuando nos instalamos en el guión escrito por los triunfadores, o los "amansados", en todo caso por aquellos que no imaginan ningún cambio, y que, entonces, se dirigen derechamente hacia la muerte. Y, claro, solo desde la posición existencial del perdedor puede hacerse una crítica a esos guiones y formas de vida que, de otro lado, no son lo que se pretenden. Dejar hablar a los perdedores supone, primero, escucharlos, invitarlos a pensar, en vez de dejarse llevar por su rabia asesina. La disponibilidad a escucharlos es el impulso para poner al ser, a lo posible, en nuestro horizonte de futuro.

Demasiado tímido e inseguro, dejé de confesarme a los ocho años. Si ahora tengo 61 años eso significa que me ha tomado 53 años elaborar la confesión que ahora (me) hago. Alli habla una parte de mí. Alguien que perdió pero que igual pudo reponerse pues no se dejo de llevar del todo por la rabia.

No amigos, el éxito es sobre todo una mentira, como lo dice, en una forma tan lúcida y elemental, Blanca Varela. Puedes trinfar en tu carrera, puedes escuchar los aplausos y las frases de admiración. Te sobra el dinero. Y hasta quizá llegas a un éxtasis de vez en cuando. Ese éxtasis tiene como antecedente la situación que viviste cuando niño. En algunos momentos, definitivos, eras el centro de la atención de tu madre, ella te miraba con embeleso y tu estabas fascinado. Esos momentos eran eternos. Y ahora te dicen que pueden perpetuarse. De esa mentirosa pretensión nace la potencia del mito del éxito. Su capacidad para configurar tu vida. Se trata de que seas tan tonto como para que creas en el regreso a esa plenitud, en la expectativa de permanecer, allí, en el altar como un ídolo, adorado, preferido. Pero eso no existe sino fugazmente. Los aplausos dejan de tronar, los reflectores se apagan y estás, tu, tonto que has esperado tanto, otra vez solo y vulnerable. Dispuesto a morir por rozar el absoluto, por rechazar la fallida humanidad que te habita. No está demás decir que a estas conclusiones llegue conversando con mi hija.

Confesión

En algún momento el placer se me torna culposo. Una voz inapelable me acusa desde muy adentro. Desaparece mi buena conciencia y estoy fragmentado. Me doy asco. No debería estar haciendo lo que hago. Claro, me siento mal pero no puedo parar, estoy empecinado. Ya no soy yo. Estoy extraviado. He desaparecido y en mi reemplazo lo que hay en mí es algo maligno. Una sustancia que palpita sin ritmo, desacompasadamente, y cada vez más fuerte. Entonces sigo haciendo lo que me hace mal aún cuando no necesite hacerlo. El asomo de placer ha sido secuestrado por una voracidad desenfrenada, por la expectativa de más, de mucho más, llego así a lo tortuoso. Desde lejos, impotente, observo lo que pasa conmigo. Es trágico y me da pena pero no lo puedo evitar pues ya no estoy allí. He sido expulsado por esa excitación ciega donde, lo puedo ver y sentir, se mezcla el placer y la culpa. Soy una cosa, una máquina, una bomba y me siento a punto de estallar.

Comiendo esa cucharada de torta aún cuando no tenga hambre. O también apurando esa copa que no sé porque tomo y sabe dios qué resultados tendrá. O las bocanadas de ese cigarrillo que golpean mis pulmones y me hacen daño. O ese deleitarme mirando a esa joven que no me corresponde.

Pero lo que me pasa es -casi siempre- peor a lo que acabo de describir. Muy rara vez tengo ese asomo de un placer limpio, sosegado, puro. Entonces, desde que empecé a comer la torta ya anticipaba que seguiría comiendo más allá de lo placentero y sensato. Comía demasiado a prisa, sin realmente disfrutar, como si alguien me fuera a quitar la torta, devorando entonces la máxima cantidad en el menor tiempo posible. Y tampoco fue tan inocente la primera copa pues antes de terminarla ya pensaba en la segunda. La promesa de placer está, con demasiada frecuencia, encerrada en el horizonte de la desmesura y de la culpa. Entonces, me pregunto si lo mejor para mí no sería el rechazo del placer. Pero, la cosa es más aún más complicada, pues creo que el ascetismo de la renuncia es otra forma o nombre de la mortificación, de esa mezcla indiscernible de sufrir por no tener y de gozar por el triunfo sobre mi deseo. Otra tortura.

¿Podría controlar esa voracidad que me empuja más allá del placer? ¿Puedo ser justo, medido? ¡Ah! ¡Pero que ciencia tan difícil esa de evitar el exceso! ¿Y acaso no es desmesurada mi naturaleza y frágil mi autocontrol? ¿Y no es verdad que llevo casi tantos intentos como fracasos? ¿No seré ya un condenado? Entonces lo lógico sería arriar mi estandarte. Ese que me indica como tratando de llevar una vida que valga la pena. ¿Por qué no responder al llamado de la bendita muerte? ¿Zambullirme de una vez en la nada?

II

San Tarcisio era apenas un niño pero se ofreció a llevar la comunión a los cristianos presos en las cárceles romanas. Guardaba el pan consagrado debajo de su manto, lo tenía entre sus manos, apretadas a su pecho. Curiosos por conocer los misterios de la nueva fe, jóvenes impíos lo golpearon sin misericordia pero él se aferraba aún más al cuerpo de Cristo. Un soldado lo rescató ya muy mal herido. Tenía dolor en todo el cuerpo pero también se sentía reconfortado y hasta feliz. Había cumplido su deber. Estaba por encima de sus agresores. Y desde su elevación moral, y en su último suspiro, los perdonó pues sabía que ellos no conocían la infinita gracia de nuestro señor Jesucristo que él, con el martirio que le aportaron, había ganado. Otras versiones de la historia remarcan que esos jóvenes eran unos perros cargados de odio y en su momento el diablo se los llevaría para hacerles pagar sus crímenes. A mí me gustaba la primera variante.

La historia la escuché en las jornadas preparatorias para mi primera comunión en 1957, cuando tenía 8 años. Me encantó. El sufrimiento redime y salva. No hay que esconderse pues te va a encontrar aunque no quieras. Y si tú lo ves como oportunidad para robustecer tu desprendimiento entonces te fortalecerá.

El sufrimiento te limpia de tus faltas, es el castigo que pagas por tus pecados. Y si eres inocente, mejor, pues es el mérito que te vuelva bello para Dios.

Recibía bien el sufrimiento. No lo buscaba pero si me sentía elevado cuando lo acogía, como un héroe. Pero tampoco era del todo así pues también me quedaba en silencio, resentido, odiando. No era radical mi vocación para el sacrificio.

III

Enaltecer el sufrimiento lleva a buscar el martirio y la inmolación. Y culpabilizar el placer lleva al desasosiego de no poder aspirar a nada por saber que todo deseo terminará en decepción. Entonces son como cara y sello de la misma actitud. Resulta que buscando el placer terminaba en la culpa y el castigo, ese castigo que me imponía que era la tristeza. Y, de otro lado, aceptando el sufrimiento no lograba trascender el odio. En una palabra, lo tortuoso-morboso por todos lados. Quizá el mundo me acogió poco, o quizá, yo esperaba demasiado. Me hice una mezcla rara de libertino sin placer y mártir sin elevación.

IV

Mi alguien es demasiado débil y mi algo no me gusta. Estoy hecho para sufrir, soy una bomba que explota para adentro. Siempre he sido una persona disminuida. Tengo poco valor. No he sido feliz pero he tenido suerte en la vida. Todavía estoy vivo. Y he progresado pues hoy estoy más contento que ayer.

En realidad mi drama es muy ordinario. Eso de ser un insecto voraz es común. Sospecho que la mayoría de la gente comparte conmigo algo de esta condición. Dudo de que la libertad exista realmente. Al menos para la mayoría, para los que somos –o hemos sido- carne robotizada. Algo de libertad he conseguido. La libertad se fundamenta en la autocrítica. En la anticipación de mi espontaneidad, en la capacidad de influir sobre ella de manera de conducirla para estar un poco mejor.

IV

Pero nada hubiera sido posible de no haber conocido el amor. Gracias al amor accedí a la espontaneidad reflexiva. Dejar ser lo que me gusta de mí. Este regalo lo debo a quienes apostaron por mí. Algo de valor tenían que ver ellos dentro de mí. Algo que a mí se me escapaba. A veces constato que mi alegría animal no es culpable. Me asusta pero puedo convivir con ella. No tendría que desbocarse en un vértigo y una caída. Ahora, creo haber entendido que sentir orgullo por sufrir es la forma de perder el amor. En su elevación el mártir se aleja del mundo. Pero yo soy rabioso, no enteramente mártir.

V

No tuve siempre la suerte que ahora tengo. Quizá tuve que pasar por allí para llegar aquí. Ahora estoy listo para irme pero tampoco tengo tanta prisa. Además me da pena la gente que amo y que me podrá extrañar.

VI

Hasta ahora no conozco una persona tan tímida e insegura como he sido, y aún lo soy. De repente me equivoco. Y puede ser que alguien se sienta atropellado, ninguneado en su dolor, y, entonces, me podría decir: “no, definitivamente tú no sabes de lo que hablas. Tú has vivido en un lecho de rosas. Y encima gimes y te quejas. La mejor prueba de que exageras es precisamente lo que escribes. Es notoria tu autocomplacencia y falta de autenticidad. Todo lo que dices es mentira. Vanidad, estupidez. Deberías callarte. Lo que escribes ofende el pudor de los que guardamos silencio. Eres una peste”.

A quien eso me dice, yo le tendría que responder: “cada uno deshace sus nudos como buenamente puede. A mí, el mundo me defraudo, bastante. Viví en la cárcel, torturándome. Tenía que liberarme y mi modo era destruir con otras palabras las palabras que me tenían prisionero. Tenía que hacer una confesión que me hiciera ver quien soy. Ojalá tú hagas tu camino. De repente puedes saber quien eres gracias a la música o la danza o la pintura, o como sea. Pero evita la amargura, el rostro insaciable del desencanto. Esa mala compañía que te eleva hasta el cielo para luego mostrarte que tu anhelo es solo sueño, desvarío. Y entonces, estás tú, tu avergonzado de haber esperado tanto, y herido de no tener nada."


Escrito por

Gonzalo Portocarrero

Profesor de la PUCP. Ha publicado recientemente el libro "Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso".


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