la mafia no descansa

Perplejidades de la memoria

Publicado: 2011-07-01

Desde lo que puede llamarse la “perspectiva ilustrada” elaborar la memoria es una actividad liberadora pues en el esfuerzo por relatar verazmente el pasado llegamos a comprender el entramado de causas, decisiones y azares que llevaron a que la realidad se configurara de una manera determinada. Elaborar la memoria, urdir los hechos en una narrativa comprensiva, implica relacionar hechos que hasta antes estaban olvidados o desconectados entre sí. Una memoria veraz puede liberarnos del pasado, impedir su reproducción en el presente, de manera de abrirnos hacia la libertad, a la posibilidad de escoger nuestro futuro. De otro lado, solo desde la conciencia iluminada por la memoria es posible el arrepentimiento y el perdón. La reconciliación con los otros y conmigo mismo. A través del ejercicio de la memoria nos hacemos responsables de nuestros actos, buenos y malos, y también podemos enjuiciar, y eventualmente, agradecer o perdonar, los actos de otras personas.

Desde el punto de vista colectivo la situación es más compleja pues llegar a ese relato veraz y posibilitador, que Paul Ricoeur (2003) llama la “memoria justa”, implica un diálogo donde la multitud de perspectivas se vaya fusionando en un horizonte en la que cada uno pueda reconocerse. Este ejercicio colectivo de hermenéutica hará posible aprendizajes fecundos que facilitarán el arrepentimiento y el perdón, los fundamentos de la comunidad que nace.

Esta perspectiva está inspirada en la deseabilidad del amor, por encima del encono o la tristeza, e, igualmente, en la creencia en torno a que la palabra tiene el poder de (re)establecer la verdad de una situación. La verdad es el fundamento del amor. Entonces optar por la memoria, por el relato veraz, supone una opción ética de acercarse al otro, e implica, igualmente, una capacidad para verbalizar y admitir lo incómodo, lo que conspira contra una imagen idealizada de sí mismo, o de la comunidad con la que uno se identifica.

En todo caso es claro que esta perspectiva ilustrada inspiró las labores de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en el Perú. Con su habitual claridad, su presidente el Dr. Salomón Lerner, lo expresa así: “La Comisión entiende que su misión es la búsqueda y la exposición al país de una verdad cargada de de significado moral. Me refiero a una verdad que conduzca al establecimiento de la justicia en nuestro país en el sentido más amplio del término y que, en última instancia, haga posible una reconciliación nacional. Por esa razón, nuestra búsqueda de la verdad no puede restringirse a la recuperación de los hechos, sino que debe complementarse con una profunda reflexión sobre las causas que los hicieron posibles” (Salomón Lerner 2004: 74)

Desgraciadamente las cosas no están funcionando como lo había previsto el Presidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Es un hecho que las mayorías no están, en el Perú, muy interesadas en saber la verdad de lo ocurrido en el país durante el llamado conflicto interno. La gente se suele contentar con relatos poco veraces que permiten sobrevivir. Apostar al olvido aparece como la cara oculta de la esperanza. Pero, claro, el olvido nunca es total pues regresa siempre el dolor del pasado. En todo caso la opción por una vida poco pensada parece ser la opción más significativa.

Esta situación, la indudable deseabilidad de la perspectiva ilustrada pero su debilidad práctica, es un desafío. ¿Será que la razón no es –después de todo- tan importante? ¿O será que la perspectiva ilustrada es resistida por fuerzas poderosas que se resisten al cambio? ¿O de repente el sentido común está dominado por la inercia y solo muy paulatinamente puede cambiar?

II

Para que esta reflexión sea fecunda debe vincularse al análisis de realidades concretas. Me refiero entonces al excelente libro de Olga González “Unveiling secrets of war in the peruvian andes”. La autora desarrolló su acuciosa investigación en el pueblo de Sarhua, en Ayacucho. Localidad muy conocida por ser sede de una antigua tradición artística plasmada en las llamadas “tablas de sarhua”, pinturas en madera donde se representaban escenas cotidianas desde un enfoque moralizador; es decir ilustrando en imágenes la manera en cómo deben ser las cosas. Una suerte de estampas ejemplares de la vida en la comunidad. Tradicionalmente, los sarhuinos se regalaban entre sí estas pinturas a manera de hacerse recordar lo que los unos esperaban de los otros. Después, con el turismo, las tablas se destinan al mercado pero se mantiene la impronta idealizante. Surge una asociación de pintores profesionales.

El lenguaje imaginativo de las tablas va a permitir a los artistas sarhuinos relatar lo ocurrido en su comunidad en los primeros, y decisivos, años del período de la violencia. En realidad, ya se habían producido tablas o pinturas retratando hechos puntuales relacionados con el “conflicto interno”. Pero la posibilidad de hacer una serie que cubra la historia de la comunidad aparece gracias al patrocinio de Peter Gaupp, periodista suizo, que decidió financiar, primero, y comprar luego, todas las tablas que ilustran el relato sarhuino del conflicto interno. Se trata de 24 pinturas que forman una colección llamada “Piraq Causa” que permanece en poder de Gaupp en Costa Rica. Esa colección representa para Olga Gonzélez, el “relato oficial” o “hegemónico” que la comunidad tiene de su propia historia.

Pero la autora del libro constata que este relato oculta hechos muy importantes. “Secretos públicos” que no se revelan al extraño. Y, como la autora repite, los secretos son historias pequeñas que todos saben pero que nadie debería decir; ni siquiera admitir que se conocen. Pero existe la tentación de confesarlos. Como dice Simmel los secretos son como joyas que deben guardarse muy bien pero también tienen que exhibirse de vez en cuando. Esta oscilación entre la conveniencia del silencio y la tentación, o necesidad, de contar, es expresiva de que el relato oficial no satisface la inquietud de la gente. Esta oscilación lo desestabiliza. El libro de Olga González puede leerse como una novela policial. En efecto, gracias a una investigación muy prolija, que le supuso cerca de dos años de permanencia en Sarhua, González logra acceder a los secretos que hace de la narrativa oficial una verdad mediatizada, llena de silencios.

Básicamente esos secretos se refieren a historias que dividirían a los sarhuinos o que los presentarían como atentando contra el orden legal del estado peruano. Se reprime lo que no conviene a la unidad del pueblo o que mermaría su reputación frente al resto del país. En cambio hay ciertos hechos que son enfatizados. En todo caso el “inconsciente político”, el sustrato de la narrativa de las pinturas, es presentar una comunidad que, traumatizada por experiencias de abuso, se dejó engañar por un líder senderista. Gracias a ese engaño la violencia se multiplica con la reiteración de abusos de senderistas y militares. No obstante, vistas las funestas consecuencias del imperio del senderismo, llamado Onqoy (palabra que en quechua significa enfermedad), la comunidad se rebela, asesinando al líder del movimiento. Desde entonces la comunidad vive precariamente pues se teme el regreso de los insurrectos y no se encuentra apoyo suficiente en las fuerzas del orden. La única opción es la emigración masiva. El abandono del pueblo. En breve el relato presenta a los sarhuinos como sufridas víctimas de la peste o “enfermedad” senderista y de la incomprensión del estado que sospecha de ellos y comete muchas injusticias, sin tener en cuenta que la propia comunidad fue un actor decisivo para sofocar la insurrección senderista.

Pero este relato en una verdad a medias. Quedan demasiados vacíos, hechos sin explicar, secretos que no se comparten pero que la investigadora es capaz de averiguar. El primer vacío se refiere al origen de la violencia. Hay un campesino que quiere ser gamonal. Acapara tierras, abusa, una y otra vez, impunemente. La autora lo llama, significativamente, Narciso. Hartos, los comuneros deciden derrumbar los cercos que Narciso había construido para privatizar las tierras comunales de las que se apropió. Narciso recurre a la policía y denuncia a los comuneros como subversivos senderistas. La incursión punitiva de las fuerzas del orden no demora. Y como se cometen toda clase de excesos, el saldo es un odio aún mayor contra Narciso. No obstante, los comuneros presos son liberados pues los sarhuinos de Huamanga son influyentes y testimonian en contra de Narciso, avalando la versión de la comunidad. Esta vez el odio de la comunidad es incontenible. El hecho es que Narciso “desaparece”. Este es uno de los secretos mejor guardados pues la verdad de los hechos compromete a la comunidad. Narciso fue cruelmente linchado. Su cuerpo nunca se halló.

Después de la muerte de Narciso se hace visible el Jefe de Sendero en la comunidad. Justiniano es el nombre que le pone la investigadora. Y comienzan a llegar senderistas de fuera. En un inicio esta presencia es bienvenida pues su fin parece limitarse a restablecer el tan deteriorado orden moral. Se castiga a los adúlteros y se frena radicalmente el abigeato. Pero muy pronto comienzan los abusos. Se saquea la propiedad, se leva a los jóvenes, se imponen escuelas de adoctrinamiento y, el colmo, se fusila a las autoridades que se resisten. Entonces, la comunidad se rebela abiertamente contra los senderistas. Su líder es descuartizado por una muchedumbre iracunda. Desde entonces la resistencia a Sendero es firme.

Este relato implica como sujeto a un “nosotros”, a aquellos que nos resistimos al abuso de Narciso pero que nos dejamos engañar por Justiniamo hasta que nos dimos cuenta de sus abusos y nos rebelamos con éxito pero sin ser debidamente apoyados por la fuerzas del orden.

Los vacíos, o secretos inexplicados, en esta narrativa se refieren, básicamente, a la muerte de Narciso y al involucramiento de muchos sarhuinos con Sendero. El “nosotros” víctima de la peste senderista y la incomprensión del Estado, incluye, en realidad, a campesinos que han sido senderistas pero que se han arrepentido y que han “olvidado” sus simpatías, y, también incluye a los campesinos que asesinaron a Narciso pero que no quieren reconocerlo por no exponerse a las consecuencias legales. Ese nosotros, sin embargo, asume jubiloso, como proeza colectiva, el sangriento asesinato de Justiniano, el líder senderista. Individuo que se convierte casi en un chivo expiatorio, en representante de todos los senderistas que, desde su muerte, reniegan de su compromiso, se arrepienten y pasan a ser cobijados por la comunidad en la condición de que sean la primera línea de defensa contra la amenaza senderista.

En todo caso ese nosotros no incluye a las madres de Narciso y de Justiniano que, aunque silenciadas, no comparten la historia oficial. Ellas viven resentidas, odiando a quienes asesinaron a sus respectivos hijos, esperando justicia. Todos en la comunidad saben que el relato oficial está hecho de medias verdades. No obstante, ese relato hace posible una convivencia que no siendo una reconciliación, parece ser la única posibilidad. Mejor no recordar mucho pues eso implicaría avivar los odios y resentimientos que conviene dejar de lado.

En cualquier forma lo reprimido se abre paso en la lógica de la cultura andina. A través de sueños y apariciones fantasmales, las presencias de Narciso y Justiniano se dejan sentir, inquietan constantemente a la comunidad. El miedo a una venganza de los asesinados, o al castigo del cielo, es como una atmósfera que permea la vida cotidiana. Las enfermedades, como el cólera, son interpretadas desde una mala conciencia, como sanciones por las culpas cometidas. Narciso y Justiniano pueden estar muertos pero sus espíritus están vagando como “condenados”, buscando vengarse, hacer el mal.

En síntesis, la comunidad ha logrado un relato que tranquiliza pero solo hasta cierto punto. La gente prefiere convivir con sus fantasmas antes que apostar por un esclarecimiento radical de lo sucedido.

Antes de cerrar esta parte quisiera manifestar, otra vez, mis felicitaciones a Olga González por la excelencia de su trabajo. La investigación de campo es detallada de manera que le permite reconstruir el universo mítico sarhuino sin ceder a los clásicos estereotipos de una comunidad solidaria, sin envidias, ni rivalidades. De otro lado, su conceptualización no es forzada. No anticipa los hechos sino que permite situarlos en un horizonte que les da una mayor inteligibilidad.

III

Me parece que el argumento de Olga González puede ser extendido para todo el Perú. El relato hegemónico sobre el conflicto interno a nivel nacional es muy parecido al elaborado por los sarhuinos. En este relato, el drama del conflicto es la lucha del Perú contra el terrorismo. Es decir, la responsabilidad es atribuida a Guzmán y sus seguidores que logran engañar a alguna gente, y enlistar otra por la fuerza, de manera de escalar una demencial y sangrienta insurrección que tuvo que ser reprimida por las Fuerzas Armadas que, no estando preparadas para este tipo de operaciones, cometieron excesos lamentables pero que, en medio de todo, significaron un costo menor para que el Perú pudiera vencer al terrorismo. Esta narrativa, como la de Sarhua, tiene numerosos vacíos y silencios. En todo caso llama al olvido. Lo que este relato oculta es: 1.- la simpatía que generó Sendero Luminoso en sectores sociales muy diversos pero influidos por el “mito de la revolución”. Por ejemplo, la mayoría de la izquierda legal no condenó enérgicamente a Sendero sino hasta fines de los años 80. 2.- También queda oculto el carácter sistemático de la “guerra sucia” de las Fuerzas Armadas; es decir, una estrategia de lucha fundada en producir un terror en el mundo campesino aún más grande que el generado por Sendero. Al menos en un inicio del conflicto. Después el mundo campesino se alió con las fuerzas del orden. Y los senderistas, aislados, trasladaron el centro de su acción a la ciudad.

Esta narrativa no representa un esclarecimiento cabal de lo sucedido. Y se reprime lo que todos los peruanos saben; es decir, la estrategia de la guerra sucia contra la población campesina y los presos senderistas. Y estos muertos no están reconocidos, no se les ha hecho justicia. Entonces, son como fantasmas que inquietan el presente. Su recuerdo es intermitente. Aparecen a propósito de descubrimientos de fosas, o de exhumaciones de cadáveres, o de procedimientos judiciales iniciados que no están cerrados aunque tampoco plenamente activados. Permanecen en una suerte de limbo. Y, de otro lado, esta narrativa resiste la posibilidad de aprendizajes colectivos. Entonces, la cultura del diálogo no desplaza a la cultura de la imposición y la lucha sobre la que Sendero y las fuerzas represivas basaron su accionar.

IV

¿Qué ocurriría si Olga González fuera a Sarhua a devolver los resultados de su investigación? Es decir, si se hicieran públicos todos los secretos encubiertos por la narrativa hegemónica de los sarhuinos.

Difícil dar una respuesta. Podría especularse en torno a que el desvanecimiento del precario “nosotros” que esa narrativa funda daría lugar al reavivamiento de odios y enconos. Es decir, a una vuelta al conflicto y división de la comunidad. Pero también podría producirse un mayor acercamiento entre los sarhuinos. Entonces, la gente admitiría sus responsabilidades y podría arrepentirse y, también perdonar. En todo caso, parece difícil llegar a una situación así de manera espontánea, por las propias fuerzas de la comunidad. Además “devolver” los resultados de la investigación no es una empresa carente de riesgos. En el rechazo a lo que se sabe pero no se quiere admitir podrían coincidir una mayoría abrumadora de sarhuinos de modo que cualquier intento de devolución podría ser rechazado como una indeseable intromisión.

Algo similar ocurre con el Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. La mayoría de la opinión pública se pone “de perfil”, ni lo acepta, ni, tampoco, lo rechaza. La apuesta, en lo inmediato, parece ser el olvido.

V

Esta apuesta es también la recomendada por Edilberto Jimenez en su ponencia “Chungui: Memoria, cultura y desarrollo”, presentada también en el seminario sobre la memoria auspiciado por la especialidad de Antropología de la PUCP.

Chungui es un pueblo que está en la zona que los militares llamaron “oreja de perro”. Es una de las áreas más afectadas por la violencia del conflicto interno. Chungui era considerada “zona roja” de manera que los militares desplegaron una lucha frontal contra Sendero y los “indecisos”. El resultado es la existencia de 350 fosas de entierro que atestiguan las constantes masacres cometidas por los militares y, en menor medida, también por los senderistas. El resultado fue el despoblamiento. De tener 6000 pobladores Chungui pasó a contar solo con 2000.

Después de la pacificación, dice Edilberto Jimenez, Chungui busca vías de comunicación, escuelas, mercados, estaciones de radio, caminos. El año 2000 llega una troza carrozable y también la luz eléctrica. Ahora hay en la zona dos puestos de policía. Lo que más se demanda actualmente es un mercado.

Hoy la gente se da plenamente cuenta de que ha vivido “en la oscuridad del olvido del gobierno”. Esta expresión es muy sintomática pues acusa la interiorización de la conciencia de tener derechos. Entonces, cada vez más, la gente atribuye los problemas a la falta de presencia del Estado. A que el gobierno no cumple con sus deberes. Surge pues una nueva interpretación de la pobreza; esta interpretación revela la interiorización de la conciencia de tener derechos y la lucha por conseguir apoyo del Estado para realizarlos. Los CADs, los comités de autodefensa, siguen funcionando en Chungui. Son los “pioneros de la pacificación”.

El monumento a la memoria es la Virgen del Rosario. Una estatua de bronce de 5 mts. de altura. Según Edilberto, Chungui debería declararse un “santuario natural de la memoria”. Esta declaración implicaría impedir las exhumaciones y la labor de ONGs y, también de la fiscalía, pues estas instituciones no ayudan en nada a los campesinos. Más bien producen temor y zozobra. Miedo de que se reaviven los conflictos enterrados. Además producen gastos que gravitan en contra de la mermada economía de los campesinos. Sucede que en Chungui no hay una línea clara que separe a las víctimas de los perpetradores. Es decir, muchas víctimas de la violencia senderista se convirtieron en perpetradores de manera que un ajuste de cuentas se hace muy problemático. Atrocidades hubo por todos lados.

Mejor un piadoso olvido. Además las ONGs se quedan muy poco tiempo. Desentierran los cadáveres y luego de poco tiempo se marchan. Las heridas se reabren…

Con Carlos Iván Degregori, cuenta Edilberto, compartían la idea de declarar a Chungui “Santuario Natural de la Memoria”.

Edilberto Jimenez es un artista y antropólogo quechua hablante, autor de un libro que Martin Tanaka presenta en los siguientes términos:

“Acaba de aparecer el libro Chungui. Violencia y trazos de memoria (Lima, IEP-COMISEDH-DED), del antropólogo ayacuchano y extraordinario retablista Edilberto Jiménez. El texto reconstruye la historia de Chungui durante los años del conflicto armado interno sobre la base de testimonios recogidos e ilustrados por el autor; recorriendo sus páginas uno no puede sino emparentear a Jiménez con Guamán Poma de Ayala. Al valor etnográfico y artístico del libro se suman visiones más analíticas propuestas por el propio Jiménez, junto a las de Carlos Iván Degregori y Abilio Vergara.

Chungui es un distrito de la provincia de La Mar en Ayacucho; según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, fue el distrito donde la violencia fue más intensa y atroz. Se registraron 1384 víctimas entre muertos y desaparecidos, un 17% de la población total registrada en el censo de 1981. El informe de la CVR y otras publicaciones ya han dado cuenta de lo ocurrido en Chungui, pero concuerdo con Víctor Vich cuando dice en la contracarátula que este sea quiza el libro más contundente publicado sobre la violencia política hasta el momento. Aproximarse a este tema es muy complicado: las cifras y análisis son fríos, las imágenes y testimonios desgarradores. Este libro permite entrar partiendo del análisis antropológico para llegar al dolor de las personas de carne y hueso, a través del arte de los dibujos de Jiménez. Su trazo limpio nos permite acercarnos a horrores que de otra manera serían intolerables.

El relato de Jiménez da cuenta del surgimiento de Sendero utilizando la escuela pública como espacio de adoctrinamiento, de cómo se impone a sangre y fuego (literalmente) en las comunidades, de lo brutal y equivocada de la respuesta estatal a la insurgencia, de cómo luego surgen las rondas y comités de autodefensa que replican la lógica brutal e impositiva del ejército y los senderistas, de cómo en medio de esto la vida se degrada, al punto que diversos actores utilizan la guerra como pretexto para el pillaje, el robo de ganado, el despojo de tierras, delitos sexuales, e incluso formas de semiesclavitud. De cómo las imposiciones del senderismo se hacen intolerables, y la población se vuelca al apoyo de las fuerzas del orden. De cómo hubo también ronderos y militares “más humanos”. Nos habla de las terribles secuelas de la guerra, de la necesidad de atender hoy prioritariamente distritos como Chungui. Así, el libro permite, a partir de un caso emblemático, mirar todas las dimensiones de lo ocurrido. De necesaria lectura para quienes aún hoy tienen miradas simplistas y para los jóvenes que no tienen memoria de esos años.”

Edilberto Jiménez es alguien que conoce en profundidad la situación de Chungui pues para elaborar los dibujos que son la base de su libro recogió múltiples testimonios. Su opinión es pues muy valiosa.

VI

Entonces, ¿a qué apostar? Insistir en elaborar una memoria veraz o dejar que se impongan esos relatos que invitan al olvido.

La experiencia internacional es muy variada. En Francia, por ejemplo, no se reconoce la masividad de la colaboración con los invasores nazis en la segunda guerra mundial. El orgullo nacional dificulta enfrentar un hecho tan traumático. Y en España, a 70 años del fin de la Guerra Civil, tampoco existe lo que Ricoeur llamaría una “historia justa”. Los fantasmas del pasado siguen asediando al presente. Alemania es un caso especial. A partir de la década de los años 70 la sociedad alemana comienza a enfrentar la brutalidad de su pasado nazi. El intento de establecer una “historia justa” es una política estatal. Alemania no se corre de su pasado. Un pueblo que cayó en la barbarie pero que trata de entender las razones de esta caída. En todo caso en Alemania proliferan lugares de memoria en los espacios públicos, en las iglesias y estaciones de buses y trenes, por todas partes está el recuerdo del salvajismo nazi pues se trata de evitar su repetición. Y en la base de ese salvajismo estuvo el abrumador sentimiento de superioridad de la llamada “raza aria” que la propaganda nazi supo explotar con tanta efectividad. El resultado es que hoy en día Alemania es una de las naciones más tolerantes a la diferencia y más comprometidas con el desarrollo internacional.

En el Perú la barbarie estuvo, en lo fundamental, localizada en las áreas más indígenas. De allí nació la insurrección senderista que pretendió convertir la resignación del siervo en la rabia liberadora del hombre rojo, del militante realmente cuajado. Y allí también, y de manera brutal, fue debelada la insurrección. En realidad, la espiral de la violencia pudo haberse evitado. La estrategia contra insurreccional pudo haberse concentrado en la inteligencia policial contra la cúpula senderista en vez de centrarse en la represión feroz contra el mundo campesino. Si las cosas ocurrieron así fue por el racismo y el desprecio consiguiente a la vida de las personas “insignificantes”; es decir, a los que nunca fueron tomados debidamente en cuenta por la ley y la autoridad.

Entonces, en definitiva, apostar por la memoria pero respetando el dolor de la gente, sabiendo que no es la opción más fácil pero si la más provechosa.

VII

Pero la apuesta por la memoria es absolutamente minoritaria en el Perú de hoy. Muy pocos las suscriben. De las fuerzas e individuos que formaron parte de la izquierda en los años 70 y 80 debería esperarse una reflexión autocrítica. Pero solo hay atisbos. Entre ellos, por significativo, habría que resaltar el de Alberto Gálvez Olaechea, militante del MRTA. (ver su presentación ante la CVR en http://www.rompiendoelsilencio.it/spagnolo/Dietro%20le%20sbarre/Interviste/alberto.htm

Me considero una persona de izquierda moderada. Y tengo 62 años. He sido un “observador comprometido” del proceso político peruano desde los años 60. Mi caso es, desde luego, uno entre muchos. Lo cierto es que yo no deslindé con Sendero sino hasta 1984. Recién entonces caí en cuenta del carácter terrorista del senderismo. Antes de esa fecha pensaba que, aunque equivocados y violentos, los senderistas expresaban una justificada demanda de cambio en una sociedad tan desigual y marginadora. Y que su presencia era justamente una forma de urgir por los demorados cambios sociales necesarios para una paz social duradera. Hasta ese momento pensaba que Sendero era una protesta localizada, no creía que pudiera significar un camino de muerte y destrucción. Pero desde 1984 el accionar de Sendero comenzó a extenderse a todo el país. Y se acentuó el empleo del terror. Entonces, se me hizo evidente que sus dirigentes no tenían ninguna alternativa de fondo para la sociedad peruana. Como tampoco la tenía, y eso lo sabía desde antes, la izquierda legal con la que simpatizaba por considerarla como una fuerza moral capaz de presionar por la justicia social.

Este deslinde pudo ser más temprano. Mi actitud vacilante de condenar los métodos de Sendero pero no desear ni su derrota, y menos su triunfo, hasta 1984, estaba equivocada. No condenaba el fanatismo y consideraba lícita la restricción momentánea de la libertad en función de lograr una mayor justicia social. Entonces, por ejemplo, sin que me entusiasmara la revolución cubana y el régimen de Fidel Castro, tampoco lo condenaba, abiertamente. Esto sí, debo admitirlo, era pura ingenuidad y estupidez. Me dejaba llevar por el convencionalismo de izquierda que justificaba la dictadura, y la restricción de las libertades, en función de las conquistas en términos de educación, salud y equidad social.

Pero si la gente de izquierda no ha sido capaz de hacer una autocrítica menos aún la de derecha. En realidad, paradójicamente, la posición de Sendero es básicamente similar a la de las Fuerzas Armadas. Claro que mientras Guzmán y los senderistas piensan que el estado peruano debe declarar una amnistía general que beneficie a todos, militares y senderistas; las Fuerzas Armadas presionan por una amnistía exclusiva para aquellos de sus miembros que se “excedieron” en la defensa de la democracia contra el terror.

Ahora pienso que el autoritarismo es el enemigo de fondo de la justicia. Y el autoritarismo es el poder sin ley, ni restricciones. Es la tendencia al abuso que impunemente reina en un mundo social donde la lucha contra la injusticia se asocia a la la expectativa de una autoridad fuerte, que se imponga. Es como si no se hubiera aprendido que esa autoridad reclamada termina por ser más corrupta que la anterior y producir otras tantas injusticias. La esperanza en torno a un gobierno a la vez fuerte, justo y benevolente. Pero, en fin, esta es ya otra historia.

VIII

Se impone una reflexión final en torno a los productores de conocimiento. Al investigador que desea conocer le interesa “descubrir” la realidad produciendo una interpretación que va mucho más lejos de lo establecido por el sentido común. Y este descubrimiento le traerá reconocimiento y recursos en el mundo académico. Estos son los deseos que definen su búsqueda. Esta situación es, desde luego, controversial. Eticamente, muy cuestionable. En la deontología de la investigación en ciencias sociales han surgido los mandatos de investigaciones horizontales, que no solo sean transparentes para los investigados sino que les signifiquen algún provecho significativo. Este reclamo es aún incipiente. Y plantea también interrogantes. ¿Debería el investigador inhibirse de ir más lejos que el apaciguador relato oficial? ¿Debería dar prioridad a las manifestaciones de la gente sobre su impulso a descubrir la complejidad de los hechos?

Las respuestas no son fáciles y tampoco pueden ser absolutamente generales. En todo caso el tema queda planteado. El investigador es también un ciudadano que no encerrarse en la torre de marfil académica.

Comentarios suscitados en torno a la actividad “Taller de Memoria Cultural en Tiempos de Violencia y de Post Guerra” Organizado por la Especialidad de Antropología y la Maestría en Antropología Visual de la PUCP. El autor de esta nota agradece a María Eugenia Ulfe por la invitación a asistir y comentar el libro de Olga González.

Bibliografia

González, Olga Unveiling the secrets of war. The University of Chicago Press, 2010.

Jimenez, Edilberto Chungui, violencia y trazos de memoria. Ed. Instituto de Estudios Peruanos. Lima 2009.

Lerner, Salomón La rebelión de la memoria. Ed. Idehpucp. Lima 2004.

Ricoeur, Paul La memoria, la historia, el olvido. Ed. Trotta. Madrid 2003.

Comentarios suscitados en torno a la actividad “Taller de Memoria Cultural en Tiempos de Violencia y de Post Guerra” Organizado por la Especialidad de Antropología y la Maestría en Antropología Visual de la PUCP. El autor de esta nota agradece a María Eugenia Ulfe por la invitación a asistir y comentar el libro de Olga González. Lamenta no haber podido estar presente en toda la jornada pues tenía que dictar clases.


Escrito por

Gonzalo Portocarrero

Profesor de la PUCP. Ha publicado recientemente el libro "Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso".


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