la mafia no descansa

Caminos sin salida

Publicado: 2011-09-11

El nilihista y el déspota

El desencanto está por todas partes. Son la voces del desánimo y la claudicación que nos dicen que nada vale la pena. Y con esas voces agonizamos en la vida cotidiana. Como todo es engaño, y nada merece realmente la pena, entonces lo más sensato es no tener ilusiones para así tener menos que lamentar. Esta actitud está presente en el corazón de nuestra época marcada por el relativismo moral y la crisis de lo sagrado. Todo es igual, todo es comprensible, nada es mejor. “Piensa mal y acertarás” es la sabiduría cruel del desengañado. A veces esta actitud se convierte en un discurso. Y quien lo enuncia es el profeta del nilihismo. Nada anda bien y todo irá peor. Es un mensaje que se expresa con goce, jubilosamente, como el realismo lúcido de quien trata de liberar a los ingenuos de la buena fe que los ciega.

Hasta podría ser que este discurso fuera cierto. Pero ello no lo haría menos cínico y corruptor. Estas palabras pueden sonar desproporcionadas. Cargadas de moralismo y metafísica, reveladoras de un idealismo autoritario. Es cierto que estos términos no pueden tener una fundamentación científica. Pero son verdaderos: se es perverso porque se opta por la nada y por la muerte. Y se es corruptor porque se goza destruyendo la fe de la gente.

La tentación nilihista surge de la erosión de lo sagrado y del uso cínico que hacen los déspotas de las reservas de fe que sobreviven en nuestras sociedades. El déspota es un nilihista encubierto. Azuzando la fidelidad a la tradición como remedio al depresivo relativismo, el déspota pretende afirmar una autoridad absoluta. Ofrece seguridad a cambio de la libertad. A la larga, desde luego, el déspota radicaliza el nilihismo pues caída su careta de creyente devoto se deja ver que sus ídolos son sólo pretextos para encubrir la depredación de su goce.

Las reservas de fe hacen posible que se sustenten los fines como ideales en sí mismos. En esta época el ideal más importante es el éxito. El mito de una suerte de salvación intramundana, la visión de una vida acompañada de un éxtasis sin término. Se trata de la secularización del ideal de redención. La promesa del cielo en esta vida. Y, como el cielo, el éxito es un ideal que, abierto a todos, solo los más empeñosos, los mejores, podrán lograr. Habrá que luchar para alcanzarlo. Y la religión del éxito tiene sus sacerdotes que son los modelos que debemos imitar. El éxito está sacralizado.

Pero, ahora, hasta el éxito está siendo desacralizado. Las personas que se empeñan persiguiéndolo no viven el esplendor de sus promesas. El sacrificio a ese ídolo no trae la recompensa acariciada. Y eso se sabe cada vez más. Entonces adónde dirigir la inquietud humana. Se impone entonces el nilihismo que pretende consolarnos con los goces del cuerpo.

El déspota entra en acción en este escenario, con sus ídolos y su demanda de sacrificio.

II

La sabiduría humana apunta al amor como el único núcleo posible de lo sagrado. En el amor vivimos al otro como un fin. Desinteresadamente interesados. Una emoción contagiosa. Damos gracias a quien amamos pues su existencia nos permite trascender nuestra falta de sentido.


Escrito por

Gonzalo Portocarrero

Profesor de la PUCP. Ha publicado recientemente el libro "Profetas del odio. Raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso".


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